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Le plaisir m’a été étrange

Hola, soy una adolescente de 18 años y creo que no me equivoco al afirmar que nunca me he derretido entre mis dedos.
Y tampoco me había preocupado realmente hasta hace un tiempo, cuando entendí que no era solo cosa mía, que no era yo la única que no se había molestado por conocer el cielo entre sus piernas.
Recuerdo un episodio con el primer chico con el que estuve. Recuerdo que me doliera un poco, que fuera algo molesto. Recuerdo no entender muy bien a qué venía que me metiera un par de dedos y luego se colgara la medallita frente a sus amigos.
A mí no me había gustado, y no sabía si es que tenía algo roto o así. Tampoco sabía si había sido su desconocimiento el culpable de mi dolor. Quiero decir, al fin y al cabo podía entender que no supiera bien qué hacer, igual que me podía pasar a mí con él, pero esa no era la cuestión. El problema residía en que ninguna de las dos sabía. En que más allá de que él no tuviera claro cómo darme placer, yo tampoco sabía explicárselo porque nunca me había parado a dedicarme esa atención tan necesaria.
“Nadie sabe lo que puede un cuerpo”, dijo Spinoza. Pues bien, sin duda yo no tenía ni la más remota idea del placer que puede sentir el mío.
Cuando en quinto de primaria alguien bromeó con que mi novio no podía hacerse pajas sin pensar en que estaba follando conmigo, no entendí ni la mitad de lo que la frase significaba. Cuando, un año después, un chico nos preguntó a unas amigas y a mí que si éramos vírgenes de dedos, también me quedé en blanco. Ni idea de a qué se referían.
Qué rabia me da ahora analizar estas cosas y ver que mientras que ellos se hacen pajas desde los 10 años nosotras no lo sentimos como algo a nuestro alcance. En realidad, quiero equivocarme y pensar que los números van cambiando y cada vez más mujeres se masturban, pero aún así he hablado con chicas que han compartido mi desconocimiento ante el propio cuerpo y por nosotras escribo.
En otra ocasión, con otro chico con el que estuve, sentía que el placer giraba en torno a él y a su polla, que aunque al principio sí se preocupara algo por, de nuevo, exclusivamente introducir sus dedos en mi vagina, me dije que algo no iba bien. Pero no iba bien para mí, él estaba divinamente. Quedamos, un par de besos, unas pajas y adiós. No parecía importarle demasiado el hecho de que, mientras él se había corrido, yo ni me había quitado la camiseta. No podía seguir con aquello. Quizás tendría que haber hablado con él, haberle exigido la atención que no le daba a mi cuerpo. Pero suena a que la cama fuera su espacio y el placer cosa suya, como si fuera un espacio en el que tengo que pedir permiso para entrar o el placer fuera algo que tuviera que reclamar. Tampoco me convence del todo la idea. Sigue pareciéndome que mi disfrute es un aspecto secundario. Sigue pareciéndome que mi disfrute no se presupone, que no es algo que tendría que serme dado.
Estaba claro que no podía seguir viviendo sin quererme a mí misma. No me gustaba la idea de ser incapaz de darme placer.
Pero tampoco sabía cómo hacerlo, al fin y al cabo, qué me decía que no era yo la culpable, que estaba rota, que no podía sentir nada. No terminaba de quitarme esas ideas de la cabeza.
Ahora sé que puedo sentirme en las nubes, que puedo notar un cosquilleo dulce en cada poro de mi piel.
Ahora, que me he dado cuenta de que no es un problema, ni una carencia, ni un defecto de fábrica, ha llegado la hora de buscarme en los ratos que encuentre. Buscarme a mí misma, con mis propias manos.
Ahora, que me acerco más a saber lo que puede mi cuerpo, no quiero depender de otra persona para disfrutar, quiero saber lo que me gusta y cómo me gusta. Quiero expulsar ese tabú de mi cabeza y que las mujeres dejemos de sentir el placer como un extraño, como algo ajeno a nosotras. Quiero que nos dejemos de considerar objetos de placer y empecemos a exigir ser sujetos en nuestras relaciones sexuales.


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