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Entrevista a Pamela Palenciano

“Cuanto más repiquemos la conciencia crítica, más gente habrá dispuesta a generar el cambio”

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Pamela Palenciano es una monologuista que cuenta diariamente en los institutos su propia experiencia como víctima de la violencia machista, con su monólogo No sólo duelen los golpes. Fue su primer novio, Antonio, quien la maltrató de los 12 a los 18 años, y a quien ella ahora representa sobre los escenarios para concienciar a los jóvenes contra estas actitudes, con la ayuda de Celia Garrido. Cuando vinieron a dar el monólogo a las alumnas y alumnos de primero de bachillerato, tuvimos la suerte de poder entrevistarlas.

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En vuestra experiencia como activistas feministas en institutos, ¿habéis notado que los jóvenes tienen ahora más conciencia feminista que antes?

Sí, en los años que llevamos notamos más conciencia feminista: se hacen referencias directas al feminismo. Nos da la impresión de que abrimos una puerta al hablar tan claramente: parece que algunas estamos legitimadas ya para hablar, así que de un tiempo acá se nombra más, se habla del patriarcado; incluso algunos chicos también se manifiestan. Los profes y las profes menos, aunque algunos sí que se declaran abiertamente feministas y hablan de feminismo en sus clases. Pero, en general, menos: he hablado más con vosotras, con gente joven, sobre feminismo que con adultos, y los adultos podrían influir más en ustedes, al estar con ustedes en clase.

¿Habéis notado actitudes más negativas en los chicos entonces?

Si ponemos la balanza de las actitudes de los tíos, sale más la negativa lamentablemente. Se incomodan mucho, pero últimamente hay más tíos que se dan cuenta del machismo o que lo reconocen e intentan cambiarlo.

También hay que tener en cuenta el momento vital en el que se está, en cuarto, primero o segundo de bachillerato: es justo el de la construcción, donde se marcan más los rasgos masculinos y hegemónicos, y cuando contamos las cosas como las contamos e impugnamos el privilegio lo que sienten muchos chicos es que realmente los estás atacando a ellos: no los estás atacando a ellos, estás atacando una masculinidad que se fundamenta en el privilegio, pero se sienten atacados. Hay actitudes muy desafiantes a veces y muy hostiles, pero también aparecen otros que antes no aparecían y que buscan cambiar, aunque como ya hemos dicho en el balance evidentemente lo que prima es que se incomoden en exceso porque, claro, estás cuestionando su identidad.

¿Qué comportamientos tóxicos, machistas, creéis que pasan más desapercibidos para la juventud hoy en día?

Lo sutil. Los comportamientos sutiles son los que pasan más desapercibidos; de hecho, el maltrato se hace cada vez más sutil: a lo mejor ya no hace falta tanto gritar, basta con sugerir, como un consejo. Desde ahí no notas el maltrato, desde ahí hay un cuidado, es súper sutil. Digamos que la sociedad nos ha preparado ahora para que relacionemos los insultos con el maltrato, o un grito, pero lo sutil no se ve, por lo que el comportamiento machista se va haciendo más retorcido poco a poco. Además, confundir el cuidado con el control es una barrera muy finita, que es muy fácil traspasar y que ni ellos, a veces, ni nosotras somos capaces de darnos cuenta de que se ha hecho. También hay una gran confusión, porque vosotras tenéis un modelo de feminidad diferente, porque ya queréis apostar claramente por la independencia, porque no queréis renunciar a vuestros sueños, pero a la vez convivís con esas otras ideas de que si no tienes una pareja no terminas de estar completa. Estás ahí a caballo, sucumbes, y te genera un malestar considerable: precisamente porque es muy sutil.

¿Cuál tendría que ser nuestra actuación cuando vemos a una amiga o compañera que está en una relación de este tipo y que no parece verlo?

Os toca acompañar, aunque a veces desespere mucho porque es alguien que tú quieres. No le preguntéis tanto por él, tampoco le insultéis; eso ella se lo va a tomar a mal. Tenéis que acompañarla de escucharla, intentar hablarle de otras cosas que no sea él. Pero eso pesa, cuando quieres mucho a alguien te desespera ver que has hecho de todo para que ella lo vea… Dices “¡es que no lo ve!”, pero sí lo ve, tontas no somos; sólo es que no queremos verlo. Es lo de siempre, pero es que tú no sabes cómo es él cuando cambia…: ella ve lo que hay dentro, esa parte que no es el monstruo que nosotras vemos. Por eso insiste, porque ella entiende su humanidad. Estamos preparados justamente para eso, para empatizar y para ver la humanidad en gente que a simple vista sería muy difícil verla, pero cuando tú intimas eres capaz de ver esa humanidad, y eso es lo que engancha. Por eso es tan difícil, porque creemos que le podemos cambiar y que sería muy egoísta abandonarle, porque él en el fondo también es buena persona. Así que la única opción es ésa, acompañar sin mostrarle constantemente a ella el error en el que está. Olvidaos de él y cread espacios diferentes y alternativos en los que él no esté presente, porque ya está demasiado presente: es la única opción. Que tome un poquito de aire, que se vea en espacios y que sienta que puede recurrir a vosotras y que no la vais a juzgar, cuente lo que cuente. La cosa está en que encuentre a alguien en quien pueda confiar, y si la cosa se complica mucho buscad ayuda especializada, externa, que os diga qué poder hacer, qué estrategias utilizar, cómo apoyar, porque acompañar a veces es muy difícil.

¿Y si, una vez ya han cortado, ella, aun sabiendo su toxicidad, está dispuesta a volver?

Ella es capaz de volver si él vuelve a ser al que ella conoció. Hay muchas tías que sólo logran dejar al maltratador cuando se enamoran de otra persona distinta, porque nos enamoramos del amor, de la idea de un amor que no existe. ¿Cómo haces con eso? Pues de nuevo buscando espacios nuevos que la refuercen. Pero si ella es consciente, confía en ella: para que ella confíe en sí misma, tenemos que confiar los que estamos alrededor. Si no, ella no es capaz de confiar, y siente que el único en el que puede confiar es él.

Además, si no ha habido golpes es mucho más difícil reconocer el problema. Cuando hablamos de relación tóxica no suena a relación de violencia, suena a que las dos personas, juntas, no funcionan, pero no suena a que sea por culpa de una de ellas; es un eufemismo de la violencia. Ahí no se ve la gran asimetría que hay y el gran desprecio que hay, o la gran necesidad de control que tiene él y que lo hace de forma más sutil: eso es lo que lo hace tóxico, no que la relación sea tóxica.

¿Cómo debería introducirse la formación y educación en conceptos de amor romántico, amor libre y relaciones tóxicas para evitar que se den situaciones de maltrato en una pareja?

Desde que somos niños y niñas, desde antes de la adolescencia. Lo primero que se debería trabajar es el amor profundo a uno y a una misma; eso tiene que ver también con el respeto, con recibir respeto para que tú te sientas respetada. En el ámbito educativo, por desgracia, esto no es lo más habitual. No nos enseñan a respetarnos, porque en general no se respeta a la infancia en condiciones, ni a la adolescencia. Parece que os tenemos que controlar, que tenemos que negaros todo lo que tenga que ver con disfrutar, que tenéis que trabajar. En el fondo eso se arrastra, porque nos cuesta mucho identificarnos con el placer y pensar que el placer es bueno, cuando en realidad es el mejor indicador de que las cosas van bien. Sería la mejor forma de protegernos contra cualquier violencia: realmente buscar el placer profundo, no el placer que tiene que ver con someter y controlar a alguien, porque eso no es placer. Pero nos hemos equivocado en la educación.

Si no hemos llegado a empezar tan pronto, pues sí que se puede llegar cuando estáis en este periodo justo a cuestionar efectivamente los modelos de amor que se venden, los románticos, y a buscar otros modelos, que lo hay, si los buscas.

Nosotras creemos, además, que nuestro trabajo con el monólogo es un trabajo muy impactante: venimos un día, damos el impacto y nos vamos. Hemos propuesto mil veces que Celia venga un día después a asentar lo que se remueve, pero nunca hay tiempo para que haya otro encuentro. Pero con un día no se consigue el cambio. Lo necesitamos desde antes, pero no queremos daros mensajes desesperanzadores: cuanto más repiquemos la conciencia crítica, más gente habrá dispuesta a generar el cambio.

¿Qué medidas o instrumentos creéis que sería positivo utilizar en la educación, ya sea temprana o a esta edad, para intentar cambiar los modelos establecidos?

El cambio empieza con los y las educadoras; desde casa, primero, en el aula después. A veces en casa no hay recursos ni medios para hacer esos procesos de cambio, pero en el aula deberíamos: la herramienta básica son los profesores. El cambio primero empezaría por ahí, por trabajar desde lo personal: los hombres y mujeres que trabajan en la educación y que son referentes para la gente más joven.

Para hablar de estas cosas, hay que educar en emociones.

Si tú tienes claro quién eres tú, qué es lo que estás haciendo, que eres una herramienta, que respetas profundamente… no hace falta incidir en ello, te va a salir solo. Vas a crear climas y espacios de seguridad en tus aulas, y las criaturas no van a necesitar que se les refuerce, porque ya está el clima creado. Una vez has establecido un clima de respeto profundo se respetan y evitas, o previenes, bullying, y muchas cosas, con el ambiente que generas: hay situaciones y conductas que se difuminan, que se diluyen.

El otro día, por ejemplo, fui a un colegio que tiene otro método más constructivista, y sólo con entrar a las aulas de primaria, a las que iría mi hija si me cogen, ya me daba paz. Sólo la estructura del aula: no había sillas, estaban plegadas para cuando se sientan, si es que se sientan; hacen un corro, que es asamblea desde que son chiquitos, no hay libros, ellos dicen qué quieren aprender, y si quieren hablar de elefantes todo está lleno de elefantes: a través de elefantes aprenden todo lo demás. Tendrán fallos, son humanos y humanas, pero ya están planteando la relación desde otro lugar, no desde profe > alumnado, sino desde la confianza profunda. Y confiar es creer en el potencial y la capacidad real de todos los niños y las niñas, en vez de decirles que no saben. Así sólo les estigmatizas y les creas un complejo y una sensación de que no pueden: sí que pueden, sólo hay que adaptarse a ellos, no al revés. Eso es lo que genera confianza.

¿Creéis que el hecho de que te expreses con tanta franqueza ayuda a que las chicas sientan que los problemas de su relación no son un fallo suyo sino que es algo que pueden compartir, y que precisamente eso pueda ayudar a señalar estas actitudes y a que tú te des cuenta de que está mal? O sea, una cosa es sentirte tú incómoda, pero decidir que son cosas tuyas y que el amor en realidad es maravilloso, y otra cosa es contárselo a tus amigas y que ellas te lo señalen. Tampoco sé si es pregunta, es más por darte las gracias, no sé.

Gracias. Nos han llegado a llamar alguna vez que si es un taller de romper parejas el monólogo porque hay muchas chicas que lo ven e ipso facto reciben un mensaje muy claro: dejé a mi novio gracias al monólogo. Aunque, claro, yo soy mujer y hablo como mujer, y Celia es mujer y habla como mujer; a mí me gustaría que fuera un monólogo que también los tíos dijeran te ayuda a cambiar como hombre, necesitamos otro hombre que desde su masculinidad haga también cosas.

El otro día fue Iván [su pareja] a un encuentro de masculinidad y salió con la misma sensación: dice que él ya está harto del blablá blablá, que él siente que los hombres, sobre todo en este lado occidental, son todo blablá, y que justo él y otros tres argentinos más hablaban de otra masculinidad, de dejar de hablar de masculinidad y hacer cosas, y no darse tanto protagonismo ni darle tantas vueltas a la cabeza: ¿y por qué no nos juntamos para, no sé, compartir los que somos padres y estamos criando compartir lo que hacemos cuando son nuestras compañeras las que están fuera? Porque iban a hablar de que su identidad masculina la sienten quebrada. Se siente quebrado, aunque él lo tiene muy integrado, pero él está en casa y yo estoy fuera. A mí me gustaría ponerme con otros tíos a hablar, de verdad; a quebrar la identidad masculina y decir se acabó, no vas a ser el macho alfa proveedor –con él, en el caso de que él ha elegido colocarse en otro lugar–, y, claro, todos dicen sisisisisisisi, pero luego todo es este afán de protagonismo. Y eran precisamente él, como centroamericano, y tres argentinos más eran los que proponían trabajar la masculinidad desde la fe.

¿Sabéis quién es Alicia Murillo? Trabaja en Pikara Magazine, os la recomendamos: es mucho más ácida que yo, es mucho más irónica, se le va mucho más la olla.

En un vídeo dio un mensaje a los hombres para deconstruir su masculinidad, sacándoles un limpiabaños y un estropajo: les dijo que con sólo eso podían hacerlo. Evidentemente, ella es muy irónica, pero es verdad, porque hay muchos que hablan pero que luego no hacen. Iván cree que lo que hay que hacer con la masculinidad es trabajar desde el cuerpo, porque las tías, como ya somos tan corporales, cuando llega un monólogo como éste que habla a las emociones lo vemos rápido, pero a un tío le cuesta más. Hay que hacer un taller más de que muevan el cuerpo, de que hagan cosas que les quiebre para poder deconstruirse, porque eso es lo que ha hecho el patriarcado con ellos: romperles. Ellos son mente por un lado y cuerpo por otro, totalmente desconectados. Es como que sólo fueran cabeza y está totalmente desconectada de la emoción, porque si se conectaran a la emoción no podrían con lo que pasa, con su forma de ser hombre.

¿Por qué maltrata un tío? Nosotras también sentimos rabia e ira, pero nosotras… No nos sale. ¿Por qué ellos pueden transformar esa rabia y esa ira y no controlarla? Porque están muy desconectados: si estuviesen más conectados no lo harían, serían capaces de ver el sufrimiento ajeno. Cuando no lo ven es porque están muy muy desconectados. Aparte de porque se creen con derecho, claro, ésa es otra. La sociedad la alimenta, pero además de eso es que no están locos, están desconectados (que no es lo mismo).

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Pamela es una de las personas más excepcionales que he conocido nunca.

Al atreverse a enfrentarse al patriarcado diariamente de la forma en que lo hace, ha cambiado la vida de muchísimas adolescentes que estamos aún aprendiendo lo que significa querer: la primera vez que vi el monólogo, me pasé las casi dos horas llorando, porque dice las cosas como son, sin pelos en la lengua: se atreve a contar lo que nadie cuenta y a enseñar así a las nuevas generaciones a buscar un amor diferente.

Poder hablar con ella fue increíble en todos los sentidos, pero, especialmente, porque compartió con nosotras pedacitos de ella que yo, al menos, no había descubierto con No sólo duelen los golpes: me dio mil nuevas perspectivas que no había analizado nunca sobre el feminismo: me hizo darme cuenta de lo mucho que me queda por aprender (y por lo que luchar), y fue increíble que fuera ella precisamente quien me abriera los ojos.


María Astigarraga, Alba Bravo e Irene Martín

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Arrepentimiento

Nunca fui una niña especialmente problemática. Al contrario, era la niña de los ojos de los profesores, el ejemplo puesto como la personificación de la obediencia en 4º de Primaria. Pero una vez acabé en el despacho de la directora. Ahí estaba yo, sentada en el sofá de la puerta mientras recibía miradas anonadadas de todo el que pasaba por allí. Tenía la sensación de que todos sabían lo que había hecho. Me miraba la palma de la mano derecha. Mentiría si dijera que no estaba arrepentida entonces. Pero ahora que veo la sociedad algo más de cerca que desde la ventana que daba al recreo, no me arrepiento en absoluto. Es más, estoy realmente orgullosa de esa niña que con diez años demostró a las veinte personas de su clase que no le afectaba lo que pensasen de ella. Que hubiera un profesor presente mientras ocurría es un daño menor.

Aún recuerdo la sensación. Recuerdo la expresión de sorpresa del otro niño después de mi bofetada. Recuerdo los ojos de todos y los susurros de “Pero, ¿qué le ha hecho” con sus respectivas respuestas de “Nada. Llamarla gorda.” Recuerdo las risas de sus amigos. Pero, lo que más recuerdo de ese día en la clase de 4º de Primaria es la liberación que sentí al decidir que ante todo no iba a dejar que me juzgaran ni me intentaran convencer de algo que sabía carecía de importancia. Sabía que estaba sana. Bailaba tres días a la semana y me encontraba perfectamente. Era una niña muy orgullosa y tenía más confianza en mí misma que la que quizá tengo en a adolescencia.

Me castigaron. Sí, me castigaron. Me dijeron que por mucho que me insultaran noi podía solucionarlo a bofetadas. Yo no lo veía así. Veía que ese niño que con el tiempo acabaría siendo mi amigo había considerado que gorda era algo que podía llamar a cualquier chica y, quien sabe, quizás él incluso pensara que era verdad. Pero si ese niño de diez años creía que podía “herir” mi orgullo ante el único círculo social que tenía, entonces, la yo de diez años creía justo corregirle. Esa bofetada no quería hacerle daño físico sino demostrarle que por muy “chico” que fuera no me iba a dejar.

Pasaron los años y ese momento cayó en el recuerdo. De vez en cuando se mencionaba el incidente como una anécdota más. Acabó en el mismo saco que el día en que Marcos se hizo daño jugando al rugby o cuando colamos sin querer el zapato de Laura en el tejado del vecino. Muy a mi pesar junto a la memoria del acto se quedó el recuerdo común de la visita de Ana al despacho.

Quizás por mi evidente cercanía al evento yo no olvidé su significado original. Concretamente seis años después ese recuerdo volvió a mi cabeza con más fuerza que nunca. Fue el día en que hospitalizaron a una de esas niñas que habían estado presentes, una de las que me había mirado y rumoreado al respecto. Pensé en como la anorexia había acabado con su razón y me arrepentí de nuevo. Sin embargo esta vez me arrepentí por motivos distintos. El primero era haber cumplido sin apenas rechistar el castigo por una acción que consideraba perfectamente moral. El segundo era no haber pegado a ese niño más fuerte.


Ana Fernández Blázquez 1ºZ

Cultura, Literatura

Crítica de La edad de la ira, de Fernando J. López

Un crimen, una Olivetti, un joven problemático, una tragedia y un dilema a resolver por el espectador. Fernando J. López combina estos elementos de manera magistral en su novela La edad de la ira, cuya adaptación teatral (hecha por el mismo autor) ha salido a escena por primera vez este 18 de abril.

Esta obra no es una obra cualquiera. No hay muchos dramas que presenten a un protagonista marcado por el descubrimiento de su orientación sexual, que le obliga a enfrentarse a sus mayores miedos y trabas, con una amiga que es acosada por uno de sus profesores. No hay muchos dramas que, además, muestren tan crudamente el desprecio hacia la homosexualidad, los abusos sexuales y la carga que es para todo el que sufre este acoso. He dicho que no hay muchos dramas, pero debería especificar más: no los hay escritos. En la vida real, más allá de las páginas, los hay en ingentes cantidades, y eso precisamente es lo que denuncia y visibiliza esta obra, tan poco común en un tiempo en el que es más necesaria que nunca.

La Joven Compañía ha hecho un trabajo espléndido con esta adaptación. Álex Villazán hace un Marcos espléndido, que junto con la Sandra de María Romero le da un gran realismo a la obra. El resto del elenco no se queda atrás: no se escuchan tartamudeos ni se ven fallos en los movimientos. Jóvenes interpretando a jóvenes, es como mejor funciona. La escenografía cuadra perfectamente a cada momento de la obra, y los efectos visuales le dan un aspecto claramente retrospectivo al ambiente. De hecho, la obra entera es un gran flashback del cual el espectador no se da cuenta hasta que en el último momento todo encaja, lo cual particularmente me agrada bastante. Tal vez algún espectador que no haya leído la obra antes quede desorientado  los primeros minutos, pero el resto de ella lo compensa con creces.

La edad de la ira es denuncia, es drama, es un conflicto interior no resuelto en una juventud que quiere descubrirse a sí misma, pero es forzada dentro de cánones inútiles por adultos a los que no les gusta el mañana que están dejando. Es un canto a la rebeldía y a la libertad, porque nada vale más que poder ser como realmente quieras ser. Y es, por supuesto, una recomendación por mi parte. Gran trabajo, Fernando.


Daniel Molpeceres

Título: La edad de la ira.  Autor: Fernando J. López. Dirección: Jose Luis Arellano. Reparto: Álex Villazán, María Romero, Javier Ariano, Rosa Martí, Laura Montesinos, Jesús Lavi, Alejandro Chaparro, Jorge Yumar.

En el teatro Conde Duque del 18 de abril al 6 de mayo. Duración: 1h y 40 min

Artes visuales, Cultura, Sin categoría

Crítica de Refugio, la nueva obra de Miguel del Arco.

¿Qué es Refugio? La vida, con sus caras y aristas. La nueva obra de Miguel del Arco presenta un acristalado decorado sobre el que se refleja una sociedad corrupta e individualista. El director madrileño vuelve a demostrar que sabe hacer espectáculo, montando una obra redonda que no dejará indiferente a nadie.

 ¿De qué trata Refugio? La verdad, de todo un poco. La obra abarca distintos temas actuales, desde la corrupción de un partido político hasta la situación de los refugiados. Gracias a esto consigue llegar a un público muy variado, invitando al espectador a reflexionar. Como sinopsis se podría decir que la obra presenta a una familia bastante desestructurada conformada por un político implicado en casos de corrupción y una ex cantante de ópera, entre otros, que acogen en su casa a un refugiado. Sin embargo, la obra es capaz de tratar tantos temas y situaciones que me parece que la sinopsis no es un factor a tener en cuenta a la hora de decidir si acudir a verla o no.

Sobre el escenario todo funciona perfectamente. La obra arranca de forma cómica y poco a poco va tornándose en un pasaje agridulce, sin abandonar nunca la ironía como instrumento de crítica social. No hay bromas fuera de lugar ni escenas extremadamente dramáticas, el tono y el ritmo no fallan. Refugio presenta un reparto impecable, juntando sobre las tablas rostros veteranos como el de Carmen Arévalo con jóvenes promesas como Macarena Sanz, que consigue llevar sobre sus hombros la tarea de presentarnos el panorama familiar de forma brillante, ganándose al espectador desde el comienzo. También mención especial a Israel Elejalde porque ¿quién mejor para representar a un político que un actor y politólogo?

La nueva obra de Miguel del Arco entra por los ojos y oídos del espectador gracias a su increíble escenografía. La obra posee un decorado original que va transformándose a lo largo de la obra de forma mecánica y fluida, sin duda, un espectáculo digno de ver. Si a esto le sumamos una iluminación más que acertada y una gran banda sonora que aparece continuamente, nos encontramos ante un gran despliegue audiovisual que muestra el avance del teatro en el siglo XXI.

Refugio es una obra necesaria hoy día. Las preguntas que lanza son de una innegable actualidad, es un montaje que consigue hacer reflexionar al espectador sobre numerosos aspectos que se encuentra diariamente. Es una obra accesible para cualquier tipo de espectador, ya que cada persona saldrá enriquecida de una manera u otra. Si además tenemos en cuenta su enorme calidad como espectáculo teatral, es imposible no recomendarla. Sin duda alguna, superará las expectativas tanto de veteranos como amateurs del teatro.
Álvaro Yángüez

Título: Refugio. Autor y direccción: Miguel del Arco. Reparto: Beatriz Argüello, Carmen Arévalo, Israel Elejalde, María Morales, Raúl Prieto, Macarena Sanz, Hugo de la Vega.

En el Teatro María Guerrero del 28 de abril al 19 de junio. Duración: 1 hora y 30 minutos aproximadamente.

Entradas disponibles en http://www.entradasinaem.es

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Epopeya al desastre

Roma
–imperio del mundo entero–
se destruyó a sí misma
hasta que en su lugar
sólo quedaron cenizas

Roma
–reino de los mil reinos–
dejó de ser
en un grito mudo,
como el humo
que empaña el cielo
y que el viento se lleva
sin dar explicaciones

:

A lo mejor
yo soy como Roma:
me deshago a mí misma
en el tormento de mi propio ser,
me desmorono con la esperanza
de ser también un ave fénix
y que mi punto y final
sea, en realidad, una coma:
una pausa
para respirar.

Pero aún no renazco:
sigue faltándome el aliento
y sobrándome las calaveras
que anidan mis utopías.


S. I.

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Le plaisir m’a été étrange

Hola, soy una adolescente de 18 años y creo que no me equivoco al afirmar que nunca me he derretido entre mis dedos.
Y tampoco me había preocupado realmente hasta hace un tiempo, cuando entendí que no era solo cosa mía, que no era yo la única que no se había molestado por conocer el cielo entre sus piernas.
Recuerdo un episodio con el primer chico con el que estuve. Recuerdo que me doliera un poco, que fuera algo molesto. Recuerdo no entender muy bien a qué venía que me metiera un par de dedos y luego se colgara la medallita frente a sus amigos.
A mí no me había gustado, y no sabía si es que tenía algo roto o así. Tampoco sabía si había sido su desconocimiento el culpable de mi dolor. Quiero decir, al fin y al cabo podía entender que no supiera bien qué hacer, igual que me podía pasar a mí con él, pero esa no era la cuestión. El problema residía en que ninguna de las dos sabía. En que más allá de que él no tuviera claro cómo darme placer, yo tampoco sabía explicárselo porque nunca me había parado a dedicarme esa atención tan necesaria.
“Nadie sabe lo que puede un cuerpo”, dijo Spinoza. Pues bien, sin duda yo no tenía ni la más remota idea del placer que puede sentir el mío.
Cuando en quinto de primaria alguien bromeó con que mi novio no podía hacerse pajas sin pensar en que estaba follando conmigo, no entendí ni la mitad de lo que la frase significaba. Cuando, un año después, un chico nos preguntó a unas amigas y a mí que si éramos vírgenes de dedos, también me quedé en blanco. Ni idea de a qué se referían.
Qué rabia me da ahora analizar estas cosas y ver que mientras que ellos se hacen pajas desde los 10 años nosotras no lo sentimos como algo a nuestro alcance. En realidad, quiero equivocarme y pensar que los números van cambiando y cada vez más mujeres se masturban, pero aún así he hablado con chicas que han compartido mi desconocimiento ante el propio cuerpo y por nosotras escribo.
En otra ocasión, con otro chico con el que estuve, sentía que el placer giraba en torno a él y a su polla, que aunque al principio sí se preocupara algo por, de nuevo, exclusivamente introducir sus dedos en mi vagina, me dije que algo no iba bien. Pero no iba bien para mí, él estaba divinamente. Quedamos, un par de besos, unas pajas y adiós. No parecía importarle demasiado el hecho de que, mientras él se había corrido, yo ni me había quitado la camiseta. No podía seguir con aquello. Quizás tendría que haber hablado con él, haberle exigido la atención que no le daba a mi cuerpo. Pero suena a que la cama fuera su espacio y el placer cosa suya, como si fuera un espacio en el que tengo que pedir permiso para entrar o el placer fuera algo que tuviera que reclamar. Tampoco me convence del todo la idea. Sigue pareciéndome que mi disfrute es un aspecto secundario. Sigue pareciéndome que mi disfrute no se presupone, que no es algo que tendría que serme dado.
Estaba claro que no podía seguir viviendo sin quererme a mí misma. No me gustaba la idea de ser incapaz de darme placer.
Pero tampoco sabía cómo hacerlo, al fin y al cabo, qué me decía que no era yo la culpable, que estaba rota, que no podía sentir nada. No terminaba de quitarme esas ideas de la cabeza.
Ahora sé que puedo sentirme en las nubes, que puedo notar un cosquilleo dulce en cada poro de mi piel.
Ahora, que me he dado cuenta de que no es un problema, ni una carencia, ni un defecto de fábrica, ha llegado la hora de buscarme en los ratos que encuentre. Buscarme a mí misma, con mis propias manos.
Ahora, que me acerco más a saber lo que puede mi cuerpo, no quiero depender de otra persona para disfrutar, quiero saber lo que me gusta y cómo me gusta. Quiero expulsar ese tabú de mi cabeza y que las mujeres dejemos de sentir el placer como un extraño, como algo ajeno a nosotras. Quiero que nos dejemos de considerar objetos de placer y empecemos a exigir ser sujetos en nuestras relaciones sexuales.


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Blackbird

Blackbird es una obra que fuerza los límites de la moralidad, presentándonos una relación entre un hombre mayor y una muchacha que nos hace preguntarnos: ¿de verdad importa la edad en una relación amorosa? Esta pregunta, tan simple y tan compleja, es la premisa de la que parte toda la obra, que recuerda a El maestro constructor de Ibsen. No obstante, este drama también es un puzle a desentrañar por el espectador, cuyo juicio le da un sentido u otro. Blackbird significa mirlo, pero más allá de la mera traducción tenemos el negro, símbolo negativo en todos los aspectos, y el pájaro, elevado, símbolo de la libertad; es entre estas dos entre las que el espectador debe elegir. La obra entera es puro contraste y controversia, y te mantiene en vilo hasta llegar a un final abierto y escarpado como un acantilado del que el espectador debe decidir si saltar o no. ¿Están las leyes bien hechas? ¿De qué depende el amor? ¿Depende el juicio moral de la situación? ¿Qué es verdad en esta relación, y qué mentira?

La escenografía está muy lograda, a pesar de su austeridad y toque minimalista, pero tal vez los vídeos al principio, entre medias y al final de la obra podrían omitirse para dejar aún más desconcertado al público, y porque creo que desentonan con el ambiente teatral. En mi opinión, cierran más la obra de lo que el propio autor pretendía, puesto que queda claro que la obra es pura y constante decisión de un público que da (y debe dar) bandazos a un lado y otro del espectro moral, de manera que salga del teatro cuestionándoselo todo en la obra. También hay cierto momento en el que los actores ejecutan una coreografía que creo fuera de lugar, puesto que detiene la acción por completo, y que me parece un añadido de la directora que no pega demasiado bien con el resto de la trama.

En cuanto a los actores, hay poco que decir salvo que son impresionantemente buenos. Te hacen sentirte en su piel, tanto que te entra miedo, angustia, emoción, tensión, intriga… y las sensaciones cambian a cada segundo que pasa y se va desenvolviendo algo más de la trama, a primera vista simple (un caso de violación y abuso) pero complejísimo a posteriori (una relación de amor entre dos personas separadas por un abismo insondable de edad). Y los actores consiguen cambiar tu percepción de una a otra de manera magistral.

Aún así, hay cosas que pueden espantar al público general. El tema que se trata no es agradable. El lenguaje que se usa es bastante explícito, y a veces va acompañado de actos igualmente explícitos, por lo que no se la recomiendo a familias con hijos pequeños. Las sensaciones que te produce esta montaña rusa emocional no son agradables, no voy a mentir. Si buscas pasar un buen rato, reír o relajarte, esta obra no es para ti. Pero si buscas reflexionar, cuestionarte, empatizar, entonces adelante. Lo disfrutarás.

Teatro: El Pavón/ Kamikaze
Autor: David Harrower
Dirección: Carlota Ferrer
Elenco: Irene Escolar, Jose Luis Torrijo
Duración: 1 hora y 30 minutos


 Daniel Molpeceres