Concurso 'Antonio Bernalte'

Y por qué no conquistar también este pedazo de mundo

He esperado, insomne, mi sentencia catorce días con sus noches sobre la arena blanca. Ni siquiera sé por qué. La sombra ardiente de la pluma me quema la piel bajo el jersey, y aún tengo las manos llenas de palabras.

Los años que siguieron al golpe militar trajeron días confusos y meses que se enredaban unos con otros hasta que nos olvidábamos hasta de cómo respirar. Mis amigos de siempre se fueron marchando, dejando siempre el hueco preciso en la pared del desván. Empecé a dormir en el sofá de Lucille y Louis, y nadie hizo preguntas. Sencillamente, no era necesario. En la calle se escuchaba el rugir de las bayonetas bajo los balcones. Había, sin embargo, algo intrínsecamente hermoso en el hecho de saber que la muerte se presentaría sin avisar, y que el sol haría temblar los fusiles segundos antes de que todo acabara. Era una sensación de lo más contradictoria.

Las guerras dejan generaciones truncadas. Las revoluciones son el fruto de un pasado hambriento. Nosotros, a medio camino entre lo uno y lo otro, solo podíamos esperar.

—Ya sé qué vamos a hacer —dijo Lucille una tarde—. Vamos a escribir sobre nuestro tiempo.

— ¡No! ¡Lo prometimos!

—Me da igual lo que hiciéramos, Louis, las cosas han cambiado. ¿Tú que dices, Alain?

La miré, y me asombré de lo afilado que su rostro se había vuelto en apenas tres meses. Su perfil parecía ahora el de una libélula sin alas a la que le hubieran arrancado tantas veces el exoesqueleto irisado que hubiera decidido, sencillamente, convertirse de nuevo en materia informe. Cuando éramos niños, Lucille tenía el pelo de un rubio sedoso y espectral. Ahora, mechones de pelo blanco se le apelmazaban detrás de las orejas, y el gas mostaza le levantaba ampollas a lo largo de todas las arterias. Suspiré.

—Por qué no. Quiero decir, qué más da ya.

Lucille era la única que conservaba su estilográfica, de líneas elegantes y un color rojo tan intenso y profundo como las entrañas del presidente, que más de una vez vi colgando de los cables, en la Plaza de la Concordia. El país iba volviéndose más delirante cada día que pasaba, y no era raro encontrar cadáveres tendidos en mitad de la acera cuando salías a comprar cosas comunes o, al menos, a fingir que lo hacías. Seguir creyendo que la vida sigue naturalmente su curso es lo más importante en estos casos.

La pluma, en fin, iba de mano en mano a medida que lo hacían las ideas. Primero fueron panfletos políticos. Más tarde, algo que se acercaba mucho al último comunicado de una oposición mermada y cobarde.

Al final, yo mismo supe que me había convertido en una amenaza. Los comentarios de Louis y Lucille me llegaban distorsionados, como si una máquina en constante funcionamiento los hubiera estado vertiendo a horas concretas sobre mi cráneo descubierto.

—Pero Alain, ¿es qué no ves que todo va mejor ahora?

—Lucille, ¿qué has escrito últimamente?

—Ay, cariño, esa fue una idea estúpida. ¿No irás a decirme ahora que te la habías tomado en serio? Louis no llegó ni a las tres páginas.

Louis, desde la cocina, me miraba con recelo.

—Me preocupa, Lucille —los oí cuchichear una noche—. Se está volviendo un radical.

— ¡Ay, no!

—Deberíamos avisar a alguien. Que vengan a buscarlo. No sé, puede hacerle mucho bien.

—Dale tiempo, Louis. Alain es un chico sensato.

—Ya veremos…

No les di tiempo. Hui al amanecer, con tres camisas y un manuscrito, una pluma, un sombrero, cincuenta duros que me legó mi padre antes de marcharse a combatir.

Fue curioso enterarse, dos días más tarde, de que se me buscaba por el robo de una pluma estilográfica. Más incluso que darse cuenta, con creciente terror, de la poca falta que hacían ya mis palabras. La gente me miraba por encima del hombro y se reían porque parecía un ser anacrónico. Sí, de la era preindustrial. Sí, de antes de que el progreso trajera una guerra sin sangre y un hambre sin huesos.

—Vaya al sur, niño, al sur.

Caminé, subía a tranvías en marcha que cruzaban el país como mudas cicatrices de metal y que llevaban en el vientre suficiente munición para acabar con todos los adolescentes de la capital. Sentí lástima por los viejos adoquines, y por la aún más vieja oficina de correos donde mi padre charlaba con los vecinos, y quise que se me partiera en dos el alma allí mismo, porque el sur estaba cada día más cerca y más lejos mi casa, mi escuela, mi desván sin compañeros, mis milicianos de papel de plata.

— ¿A dónde se dirige, señor?

—Voy al sur.

—Bueno, ¿pero a dónde?

Me encogí de hombros, y el sargento se limitó a fruncir los labios y seguir su camino, como hacíamos todos, como hacía yo mismo cuando un niño cegado por las balas me decía, en voz muy baja:

— ¿Y cuánto queda para que se haga de día?

El control de frontera fue mi perdición. Al sur no había más que concertinas, me dijeron la primera vez que mi mandíbula se estrelló contra las baldosas. No había nada que pudiera desear que ellos no pudieran darme, aseguraron, cuando la pluma abierta se me clavó en el estómago, dejándome de pronto la garganta seca y los ojos llenos de un penetrante olor a alquitrán. Nadie sale, nadie se va. Si no luchaste, te callas. Si quieres hablar, tienes que gritar bien alto. Y si gritas, lo más probable es que alguien decida que estabas mejor callado y te rebane la garganta.

Ya está. Han dado la orden. Lo sé porque se incorporan todos juntos y alinean sus botas y brillan sus uniformes con la intensidad de quien sabe que la muerte se cierra sobre el alma y la hace santa.

¿De qué se me acusa? De querer estar vivo.

No, no deseo que me venden los ojos.

Cuando llegue el momento, abriré las manos y todo se habrá acabado, y mi cadáver será negro como la pez.

Escribidlo en mi lápida, por favor.

Por Neil H.

 
Concurso 'Antonio Bernalte'

Feminismos: V

Roxanna entró en el baño y cerró la puerta con pestillo. Se deslizó hasta el suelo y encogió las piernas en su regazo, rodeándolas con sus brazos y apoyando su rostro húmedo sobre las rodillas. Le aterraba levantar la vista y contemplarse en el espejo: no sabía lo que se iba a encontrar. Cada segundo que transcurría suponía tenerle más cerca, más furioso, más descontrolado. Roxanna comenzó a escuchar sus pasos acercándose al baño y se encogió aún más. Tres, dos, uno… La puerta del baño tembló y ella también.

—¡Roxanna, abre la puta puerta, joder! ¡Roxanna, hija de puta!

Roxanna se echó a llorar. Lentamente, mientras al otro lado de la puerta su novio hacía amago de llegar a ella, la chica levantó el rostro hasta toparse con el espejo. La imagen que este le devolvió era de todo menos tranquilizadora: sus ojos estaban enrojecidos, rodeados por halos púrpura producto de los arrebatos de violencia del hombre al que creía amar. Tenía moretones en los brazos, en el estómago y en las piernas, marcas de intento de asfixia en el cuello y un dolor de cabeza tan intenso que podría haber caído en la inconsciencia en cualquier momento.

Roxanna llevaba con Alejandro, su novio, desde que ambos eran adolescentes. Se conocieron en el instituto: él la invitó al partido de baloncesto más importante de la temporada y le regaló una rosa declarándole su amor. Cuando cumplieron los dieciséis, Alejandro le propuso a Roxanna tener sexo, y ante su rechazo comenzó a distanciarse de ella y a ignorarla. Ella acabó cediendo e hicieron el amor. A los diecisiete, Alejandro comenzó a sospechar que Roxanna estuviera con otros chicos y decidió revisarle todos los mensajes del teléfono y las llamadas realizadas. <<¿Quién es Javier? ¿Quién cojones es Javier, Roxanna? ¿Me tomas el puto pelo, un amigo? ¡Un amigo al que te follas, zorra! Que eso es lo que eres: una zorra.>> Roxanna se disculpó con su novio y desde entonces Alejandro procedió a revisarle el móvil, primero mensualmente, luego semanalmente y después diariamente, hasta que finalmente decidió que Roxanna no necesitaba ningún teléfono móvil porque al fin y al cabo no iba a salir con nadie que no fuese él. La alejó de sus amigas, de sus amigos, de sus hermanos, la enemistó con su familia… La obligó a dejar la carrera porque allí podrías conocer a otros y con lo zorra que eres me dejarías en una semana.

Poco a poco, Alejandro fue anulando a Roxanna hasta que la vida de ella quedó reducida a una milésima parte de lo que debiera haber sido. Cada vez que se descontentaba, lo pagaba física y psicológicamente con su novia, hasta dejarla en el estado en el que se encontraba ahora: Roxanna no se reconocía frente al espejo. Miró una y otra vez la imagen reflejada en él, buscando desesperadamente algún detalle que le recordase a la mujer que fue, pero no encontró nada.

Alejandro continuó aporreando la puerta, cada vez con más insistencia, y Roxanna se apartó a la esquina más alejada. Las lágrimas recorrían sus mejillas sin detenerse y sentía su cuerpo tan frágil y tembloroso que dudaba de su capacidad para mantenerse consciente si aquel monstruo la volvía a pegar. A cada golpe, la puerta parecía más débil y la esperanza de Roxanna se apagaba. Alejandro le atestó una patada y consiguió derribarla. Miró directamente a los ojos de Roxanna y apretó los puños.

—Te voy a matar.

Por Julia Fernández