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Ganadores Concurso Literario Curso 2015-2016

  • Primera categoría: narrativa

¿Cocina de diseño?

Aún quedaban tres largos meses hasta el verano y de hecho ni siquiera hubiera pensado en ello si no fuera por la complicada misión que tenía por delante: ir al campamento de masterchef junior.

Desde que lo anunciaron la semana pasada al finalizar el programa era de lo único que habíamos hablado en los recreos. Bueno… en los recreos, entre las clases, al salir de ellas e incluso creamos un grupo de whatsapp donde imaginábamos ya los días rodeadas de fogones, recetas, delantales y sobre todo de los ganadores de otras ediciones.
Pero, me estaba dando cuenta de que todo en esta vida tenía una dificultad: antes teníamos que conseguir que nuestros padres se emocionaran tanto con la idea, que los 300 euros que costaba nuestra felicidad no les pareciera un problema.

En mi caso fue una conversación divertida, rápida y sin vuelta de hoja. Divertida porque mi
madre nada más escuchar la idea, y sobre todo el precio, se empezó a reír y me dijo que por
mucho menos me mandaba al pueblo con mi abuela a que me enseñase a pelar patatas y a hacer una tortilla, que era una receta muy nuestra; rápida porque si eres hija de mi madre sabes que ese tipo de bromas sentencian y que poco iba a tardar tu abuela en llamarte para decirte que qué bobada es esa de ir a hacer una deconstrucción de milhojas de carabinero si no sabía ni batir un huevo; y sin vuelta de hoja porque como os he dicho mi madre no iba a cambiar de postura aunque me pasase los tres meses siguientes siendo la hija perfecta.

Pero no podía renunciar tan fácilmente, me había visto todas las ediciones de masterchef, sabía cómo montar claras a punto de nieve, cómo hacer pastel de carne, e incluso cómo había que cargar los sifones y dejar reposar para hacer espuma. Sin duda seguiría luchando por una plaza en ese campamento pero antes tenía que redefinir mi estrategia de ataque. Por lo pronto dejaría pasar unos días hasta que a mi madre se le olvidara la idea y dejase de hacer bromas que todo el mundo menos yo veía dirvertidísimas, y luego, ya me convertiría en la hija que toda familia quisiera tener hasta obtener como premio un delantal en esas cocinas.

Respecto a mis amigas, algunas habían tenido más suerte que yo y a cambio de unas buenas notas sus padres les habían prometido dejarles ir al campamento, otras sin embargo estaban también ideando ese plan perfecto para conseguirlo.
Pero de nuevo, esa dichosa palabra, lo que no podía siquiera imaginar es que iba a ser la
causalidad misma la que me iba a brindar la oportunidad perfecta para demostrar a mis padres que una tortilla es una receta que hasta un niño de 7 años puede hacer y que yo hace mucho que dejé atrás esa edad.

Fue una mañana en la que mis padres decidieron ir a Decathlon con mi hermano cuando me sonrió la suerte. Yo dije que no les acompañaba por mi teoría de que cualquier tienda es capaz de invitarme a comprar menos esa en la que pasillo tras pasillo solo encuentras equipación deportiva.
No habían cerrado la puerta de casa, cuando ya estaba sacando el libro de recetas que me habían regalado por Navidad dispuesta a encontrar el postre perfecto con el que poner en práctica lo que yo pensaba que tenía más que aprendido. Me decidí por un postre porque creo que es lo más divertido de cocinar y es mi momento favorito de la comida, así que ese día, correría de mi cuenta.

Lo primero, tenía que encontrar una receta cuyos ingredientes tuviera en casa y por otro lado, no podía ser excesivamente complicada porque si no, ya sí que no necesitaban más pruebas para pensar que los fogones no eran lo mío.
No fue fácil pero lo conseguí: Tarta tatín de melocotón. Ese iba a ser el plato que me llevaría al campamento masterchef.
Llevé el libro a la cocina y lo puse en un lugar en el que pudiera verlo sin que me molestara para cocinar, me lavé las manos y saqué todo lo que necesitaría para hacer la receta.
Lo primero era pelar los melocotones y quitarles el hueso. Eso no tenía complicación. Así que busqué un cuchillo que cortase bien y me puse manos a la obra. Se necesitaban 6 melocotones y aunque la cantidad podía parecer excesiva no lo es cuando tienes una madre que desabastece el supermercado cada vez que tiene que hacer la compra. Así que agradeciendo esa manía de mi madre que a veces provocaba asombro en la cajera cuando pasaba los productos para cobrarlos, seleccioné los melocotones más grandes que había.
Pelar los dos primeros tuvo su gracia, puede que incluso los tres primeros, pero al cuarto estaba ya un poco aburrida y quería pasar al siguiente punto de la receta. Al fin acabé de pelar los seis melocotones, ahora tenía que deshuesarlos y partirlos en cuatro partes iguales. La receta decía que había que reservar los trozos así que cogí un cuenco en el que poder dejarlos.

Bien, primer punto superado y con éxito. A ver el siguiente. Necesitaba un hojaldre y tenía que cortarlo del diámetro de una sartén.
Por qué tenía mi madre hojaldre en la nevera yo tampoco lo sé, pero ahí estaba, esperando que yo lo usara en el plato estrella de la comida de ese día.
Desenrollé la lámina de hojaldre y puse sobre ella la sartén para hacer un corte de su mismo diámetro. Repetí esta operación cuatro veces calculando una ración por persona. Cada vez estaba más orgullosa de mi trabajo y veía un poco más cerca ese campamento de verano; iba a demostrar a todo el mundo que había nacido para ser una chef.
Dispuse los cuatro trozos de hojaldre sobre la encimera de la cocina y volví al libro para avanzar en la receta. Precalentar el horno a 180 grados. Solo tenía que sacar las fuentes que guardaba mi madre en su interior y que no me iban a hacer falta y programar la temperatura y el tiempo.

Seguía en el primer paso cuando me di cuenta de que en el sitio en el que pensaba dejar las
fuentes estaban aún las pieles de los melocotones que no había recogido. Fue eso lo que me hizo plantearme quién sería la persona encargada de recoger las cocinas de este tipo de programas porque siempre aparecían plateadas y relucientes aunque usaran cientos de platos, utensilios o paños. Así que tiré las mondas de los melocotones y en su lugar coloqué las fuentes. Con el horno listo lo siguiente era hacer el caramelo. En todos los programas hacían caramelo para los postres así que sabía el proceso. Busqué un cazo y eché seis cucharadas de azúcar, dos de agua y unas gotitas de limón, puse el fuego todo lo fuerte que se podía y esperé hasta que adquiriera un color dorado. No tardó en empezar a hervir y esperé hasta que el color me pareció el adecuado, pero al meter la cuchara para comprobar la textura vi que claramente en algo había fallado porque aquello no era lo que esperaba. Tiré aquella mezcla incomible y volví a sacar otro cazo. En el fregadero ya tenía una bonita colección de cacharros para fregar así que uno más no iba a notarse.

Repetí la operación anterior poniendo especial cuidado esta vez, pero de nuevo el caramelo se suicidó. Y es que desesperada ya en el tercer intento y viendo alejarse mis expectativas de verano, recordé que mi abuela me dijo una vez que el caramelo es muy difícil de conseguir porque el azúcar tiene una temperatura de cocción muy particular y que si se pasa (cosa que pude comprobar era lo más habitual) no sale y es lo que se llama el suicidio del caramelo.

Al borde de las lágrimas decidí intentarlo una última vez y si no, lo abandonaba todo. Esta vez pegué la cabeza al cazo y expliqué al caramelo que tenía una misión por la que luchar y no suicidarse, que mi verano estaba en sus manos y que eso era un motivo más que suficiente para seguir adelante. Cuando creí que tenía el color adecuado lo retiré del fuego, eché agua caliente y dejé reposar hasta que espesara. No pude seguir avanzando porque necesitaba saber que esta vez el caramelo me había salido. Así que cuando creí que no podía ir a mejor el aspecto que tenía, probé un poco. Me pareció delicioso pero no podía fiarme de mi instinto porque yo era la creadora de aquello. Estaba sola en casa y no tenía a nadie a quién darle a probar así que opté por la única opción que tenía: los gatos. Les puse un poco de caramelo en una cuchara y acudieron rápido pensando seguro que sería alguna gominola especial para ellos.

Para mi sorpresa se lo comieron como si realmente lo fuera, así que si ellos no le hacían ascos, no iba a desecharlo yo. Una vez hecho el caramelo tenía que echar en él los trozos de melocotón y dejarlo cocer 15 minutos, tiempo que aproveché para meter todos los platos sucios al lavavajillas porque si mi madre veía aquello me podía olvidar no sólo del campamento de ese año sino de los veranos del resto de mi vida. A continuación la receta me mandaba poner el hojaldre encima del melocotón e introducirlo en el horno durante 20 minutos. Ya estaba casi acabando el postre y cuando se suponía que tenía que estar emocionada por haberlo conseguido en realidad estaba planteándome que tal vez no era mala idea eso de pelar patatas y hacer tortillas con mi abuela, al fin y al cabo ella fue la primera que me había explicado lo del caramelo y su rápido suicidio y seguro que tenía montones de cosas más que enseñarme que en un campamento rodeada de otros 50 niños como yo. Estaba decepcionada con la idea de cocinar: ¡era agotador!

El último paso de la receta era sacar los melocotones y el hojaldre del horno y una vez fríos
darlo la vuelta. Cuando tuve los cuatro los metí en la nevera y esperé a que llegasen mis padres y mi hermano.
La puerta de la calle se abrió al poco tiempo. Venían hambrientos y entre risas y bromas se
comieron lo que había cocinado. Les pareció un suculento plato del mejor restaurante francés.

Para sorpresa mía y de mi familia el postre fue un éxito y no sobró ni un trozo que poder dar a los gatos como recompensa por su especial colaboración. Eso sí, se lo comieron como si fuera un cocido o un gazpacho. Con el mismo apetito, la misma alegría y el mismo entusiasmo, pero nada más. O tal vez yo esperaba más….
Ojalá pudiera decir que aquello me allanó el camino para ser una masterchef, pero si no lo
complicó tampoco lo hizo más sencillo, porque si algo caracteriza a mi familia es el amor por la comida, que no la cocina; y las frecuentes reuniones familiares en torno a una mesa suelen estar plagadas de platos tradicionales que han pasado de padres a hijos, y que no se aprenden en el mejor recetario, sino con las cacerolas gastadas y las viejas cucharas de madera. Para ellos el valor de lo auténtico está por encima de la moda y un filete ruso con patatas jamás será una Chip’s Hamburg.

Inés Gómez Lagándara

  • Primera categoría: poesía

Mi ángel de la guarda

Otra vez te extrañé
alcé mis ojos al cielo infinito
apenas lo pude creer
grabado en mi corazón
quedó tu amor y el mío… Papá

A pesar del tiempo no ha olvido
la muerte no borró los sentimientos
y, el tiempo nunca podrá separar
a dos personas que se amaron
Papá… no hay corazón en este mundo
que pueda amarte más que el mío
porque mi amor ti siempre perdurará

En mis sueños te veo, en mi mente estás
y en mi corazón te llevo… Papá
que bonito es escribir un verso
para un amor verdadero… Papá

Te extraño, ahora más que nunca
necesito tus consejos… Papá
a veces no sé que hacer, si frenar o correr
a veces no sé luchar sin ti
a veces para mi la vida
es como el abrazo de un desconocido
Ahora más que nunca te necesito… Papá
y…no habrá para mi amor más grande
que el tuyo…te extraño con el corazón
para mi ángel de la guarda… Papá

María Soriano Herraiz

  • Segunda categoría: narrativa

Palabras y realidades

La joven regresó al lago una noche más. Llevaba en una de sus manos unas sandalias de tela, mientras que en la otra, sujetaba una bolsa desgastadade color rojizo. El viento cálido movía con suavidad la espesura de los árboles en flor. Y a su alrededor, los alegres grillos rompían el silencio junto a  las ranas, que croaban mientras brincaban  de un lado a otro de la charca. Avanzó cuatro pasos más y se paró en seco. Levantó la cabeza para mirar el cielo. El firmamento, lleno de estrellas, parecía cubrirla como una madre cubre a sus hijos antes de dormir. En sus ojos pardos se reflejaba la luz grisácea de la luna.

Dejó con cuidado la bolsa y las sandalias sobre la arena e hizo un pequeño  cuadrado con sus dedos. Subió sus brazos y miró a través del minúsculo hueco. “Amice vuelve a llegar tarde” pensó, lo sabía gracias a la posición del astro. Laura observaba que cada día su amigo se iba  retrasando más, y sabía por qué,aunque él guardase silencio cuando se lo preguntaba.

La muchacha se sentó al borde del lago que se abría ante ella, e introdujo sus pies descalzos en el agua. Los comenzó a mover lentamente, creando ondas sobre la superficieque se extendían hasta lo más profundo del estanque.

Al cabo de un rato, comenzó a escuchar pasos detrás de ella. Permaneció en silencio hasta que una pequeña mano le rozó el hombro.

-Amice, has vuelto a llegar tarde –le dijo.

Laura se giró lentamente mientras el pequeño se sentaba junto a ella. Llevaba puesta una camiseta rota y manchada junto con unos pantalones roídos, que no podían esconder las heridas que el muchacho se esforzaba ocultar. Su cara estaba más pálida de lo normal, y  sus ojos claros, que  solían mirar a la joven con intriga y admiración, se mostraban vidriosos aquella noche, puede que por una molestia o un llanto. Laura le miró de arriba abajo y se alarmó al ver la brecha que tenía dibujada en la frente.

-¿Te han vuelto a…?

-No, me he caído –respondió el niño antes de que ella pudiera acabar la frase.

Laura suspiró. Tomó una de sus pequeñas manos empolvadas y doloridas y se la limpió con cariño.

-¿Me puedes decir entonces cómo te has caído?

Amice desvió la mirada y guardó silencio, no podía contestar sin decirle una mentira. Comenzó a mover los pies con un ápice de nerviosismo.

-Padre me ha dicho que no puedo contárselo a nadie.

Laura hizo un esfuerzo por sonreír, pero solo consiguió esbozar una amarga sonrisa. El padre de Amice, que era el molinero de la villa, tenía fama de ser un hombre severo, estricto y de poca paciencia. Decían que llegaba todas las mañanas encolerizado al molino, y que le gritaba a todo aquel al que se le escapase un solo grano de maíz. A Laura le preocupaba mucho su temperamento, sobre todo por su amigo, pero sabía que no podía intervenir en su favor.

La joven sacó de la bolsa un paño blanco, vendas  y un pequeño  tarrito con vino. Amice la miró y negó con la cabeza:

-No bebo

-Yo tampoco. Lo he traído para curarte las heridas. Venga, quítate la camisa.

Amice obedeció cabizbajo. Se quitó con esfuerzo el harapo que vestía y lo dejó caer sobre la tierra. Laura observó con horror su espalda. Estaba llena de arañazos y de heridas, algunas cicatrizadas y otras más recientes. La joven cogió entre sus manos un poco de agua del lago y se la echó lentamente por la espaldaintentando no hacer demasiada presión. Repitió el gesto varias veces hasta que su piel quedó completamente limpia.

-¿Cuándo fue la última vez que te bañaste? –le dijo casi con tono de reproche.

-Creo que la semana pasada –respondió dubitativo.  Laura movió la cabeza con desaprobación

-Deberías lavarte más a menudo. Si no lo haces las heridas se te podrían infectar.

La joven se sacudió las manos, abrió el pequeño tarro, y vertió el líquido rosado sobre el paño

-Te va a escocer un poco –le advirtió.

Comenzó a ponerle el trapo lentamente sobre las heridas abiertas. Al niño se le escapó un pequeño aullido de dolor cuando la tela entró en contacto con su piel y comenzó a respirar entrecortadamente para aguantar el llanto. Laura volvió a mojar el paño y se lo puso sobre un corte grande y rojizo del que todavíamanaba algo de sangre. Extrañada, cogió su camisa y advirtió que  la  zona que le  había estado cubriendo la herida presentaba una gran mancha rojiza.

-¿Te lo acaba de hacer?

Amice asintió con la cabeza mientras se mordía el labio inferior, pero no pudo reprimir  más tiempo el llanto. Por sus mejillas comenzaron a rodar lágrimas que se desprendían de sus ojos mientras que de su boca salían alaridos de dolor.

-Aguanta un poco, ya casi he acabado.

Le volvió a pasar el paño una vez más por todas las heridas. Cuando terminó de curarle, cogió las vendas y se dispuso a cubrirle con cuidado para no hacerle daño.

-Ya está -exclamo satisfecha –ahora déjame ver esa brecha.

Laura le obligó a girarse y la observó detenidamente.Se trataba de un corte pequeño pero bastante profundo.

-¿Con qué ha sido?

-Con el viejo garrote de madera  de mi abuelo –dijo el muchacho entre sollozos.

La joven miró de nuevo la herida extrañada, pero no quiso insistir más en el tema. Le limpió la cara y dejó caer un chorrito de vino por su frente.

-No puedo cosértela, no sé cómo hacerlo–dijo con un tono de disculpa- pero se lo puedes pedir a Catalina, la carnicera. Es muy cariñosa y tiene buena mano para estas cosas.

Amice asintió, suspiró aliviado y abrazó a su amiga. Laura le rodeó con sus brazos hasta que el pequeño consiguió calmarse.

Entonces se separó de él y sacó de su bolsa una camisa blanca y unos pantalones de algodón sin estrenar.

-Toma, cámbiate de ropa y tira esos harapos que llevas meses vistiendo.

-¿Cuánto te han costado? –dijo con admiración mientras tomaba entre sus manoslas nuevas prendas.

-No importa. No podía dejar que siguieras llevando eso.

Amice se cambió en un abrir y cerrar de ojos. Se irguió y dio  tres pasos hacia adelante y otros tres hacia atrás para lucir su nueva vestimenta.

-Ahora pareces un señor- dijo Laura riendo- ten cuidado de no marcharte, y procura lavar todo  de vez en cuando. También te he traído unas sandalias, pero antes de ponértelas deberías limpiarte esos pies.

El pequeño se acercó al lago y los metió poco a poco en el  agua. Comenzó a frotarlos con ambas manos para quitarles todo el barro que habían ido acumulando durante el día. Cuando Laura vio que había terminado, cogió las pequeñas zapatillas de tela, se arrodilló a los pies del niño y se las puso con sumo cuidado.

-Te serán útiles en verano, pero no te las pongas  durante el invierno, pues no te van a abrigar lo suficiente.

Amice volvió a darle las gracias a su amiga y comenzó a andar hacia la arboleda.

-Laura, quiero darte algo –dijo mientras tiraba de su mano derecha – sígueme.

Abandonaron el lago y se internaron en la espesura del bosque. Amice  llevó a su amiga por un  sendero cubierto por un manto de hojas teñidas con los colores primaverales.

Llegaron a un extenso claro en cuyo centro se elevaba un gran árbol. Se aproximaron a él, y Amice buscó en el tronco el objeto que quería mostrarle. Se trataba de un muñeco hecho con dos palitos que había encontrado en el bosque  y vestido con dos hojas verdes que había arrancado de un arbusto.

-Lo hice el otro día en el molino cuando  mi padre no estaba – dijo mientras se lo daba-  quiero que lo tengas tú. Guárdalo y enséñamelo mañana.

La joven observó el extraño objeto con curiosidad. Le dio varias vueltas mientras contemplaba el sencillo montaje. Vio que en las hojas que recubrían los palos estaban escritas las iniciales de sus nombres con una cuidada caligrafíajunto con una breve frase: “no me dejes solo”.

-¡Laura! ¡Laura, cariño, baja que la cena ya está lista!

La joven se levantó de la cama, cerró los ojos y volvió a la realidad.Dejó sobre la mesa  el libro en el que había estado absorta toda la tarde. Cada día las escenas que su imaginación producía a través de las palabras que leía parecían ser más reales, hasta el punto en el que llegaba a verse a sí misma como la protagonista. Para ella, dejar de leer era como despertarse de un sueño profundo y duradero.

Laura se aproximó a la puerta, y cuando estuvo a punto de abandonar la habitación y bajar las escaleras, se giró, y miró de nuevo el libro azul que había dejado sobre el escritorio.

-Lo siento Amice, te he tenido que abandonar, pero volveré pronto, te lo prometo.

Isabel Real Bretón

  • Segunda categoría: poesía

Amnesia

Respirando amnesia con el miedo en la mirada
Escuchando el sincronismo de nuestros corazones enfermos
Bebiendo de los 40 grados que nos separan
Tirando fuego, mar y aire por tierra


Quiero perderme en la complejidad de tu cabeza
Quiero bucear en tu imperfecta sonrisa
Quiero buscarte y no encontrarte
Quiero dormir sin soñar, o soñar sin dormir
No despertarme


Pero despiertas y te golpeas tan fuerte que caes sin opción de levantamiento,

Enredarte en ti mismo al oir gritar a su piel y a sus pulmones, a su sangre y a tu equilibrio.
Desconocer esos 40 grados (por los) que has sido consumido

Que nos mate el tiempo

Que nos degrade poco a poco hasta que seamos dos montones de errores.
Ebrios de errores.

Heridos por errores.

Ignacio Martínez

  • Tercera categoría: narrativa

Claveles para el poeta

“¡Por la…!”, y el vaso que se alzaba cayó, haciéndose añicos contra el suelo. El corazón de Pedro Oom, el poeta, el iluminado, se había parado, dejándole con la libertad en los labios y la esperanza en la mirada. Pedro Oom moría siendo feliz y habiendo vivido un único día en aquel Portugal con el que soñó toda su vida, un Portugal de flores y alegría. Caeiro cerró los ojos del que era su último amigo y se guardó las gafas que se le habían roto al desplomarse al suelo. Subió a una silla y, tragando saliva, gritó: “¡…libertad!”. Vació su vaso de un trago. Todos brindaron con él y se olvidaron del poeta que yacía en el suelo. Nadie le conocía. Nadie se había fijado el que siempre callaba en un rincón del café. Igualmente, la muerte era algo en lo que podrían pensar mañana. Ese era un día demasiado grande como para pensar en la muerte, y así se lo gritaba la multitud en las calles de Lisboa. Demasiado grande y demasiado alegre. No había tristeza ni lamentos. Tan solo ganas de volver a vivir.
Caeiro bajó de la silla. Había subido a ella porque no quería que las últimas palabras de su amigo se quedasen a medias. Faltaba la palabra más bonita de todas. Libertad. ¡Cuánto la había amado su amigo! Había muerto acariciándola con la punta de sus dedos. Tal vez fuese lo que hubiera deseado, pero a Caeiro le pareció descorazonador. No quería brindar ni celebrar nada. Se agachó sobre el cuerpo de Pedro Oom y le abrazó con fuerza. “Buena suerte, camarada”, y sentía como la camisa de flores sobre el cuerpo sin vida se humedecía, y escuchaba como su amigo le decía: “Vencimos”, y era cierto. Habían vencido. Eso le hizo sonreír. Al menos Pedro había pisado un día una tierra amable, que le abrazaba por primera vez en su vida. Le dedicó una última mirada, a él, a Pedro Oom, poeta e iluminado, y se fue allí donde él le habría dicho que fuese: a la calle. La revolución le esperaba ahí fuera.

§ § §

Monteiro, soldado raso, subía la Rua do Paraíso a hombros de dos estudiantes que habían insistido en llevarle calle arriba. La multitud avanzaba lentamente, pero qué importaba, nadie iba a ninguna parte esa tarde. Toda la calle cantaba la canción de la revolución “Grândola, vila morena, terra de fraternidade…”, la canción que había sonado en la radio esa madrugada y con la que ellos, los soldados, habían metido un clavel en el cañón de sus fusiles para salir a la calle y derribar por fin a ese régimen que se resistía a morir. Estaban todos tan felices, en esa Rua do Paraíso. Los vecinos lanzaban flores desde los balcones, y la gente los cogía al vuelo para empuñarlos como si fuesen fusiles, o para colocárselas en el pelo y tras la oreja, o bien para tirarlas, de nuevo, para que alguien recogiese esa euforia que lanzaban al aire. Una anciana se asomaba y, desde la barandilla, lloraba de emoción. “Hermanos míos, ¡la vida!” y lanzaba besos y lágrimas a todo el mundo que pasaba bajo su balcón. Un olor a claveles flotaba en la Rua do Paraíso, y a Monteiro le entraron ganas de cantar también la canción revolucionaria que Lisboa entera cantaba a coro, y se le contagió el entusiasmo de esos locos estudiantes que saltaban con él encima. “Nos hemos rebelado con flores y alegría”, decía uno de ellos, riéndose. Era un disparate, realmente, y sin embargo todo aquello era tan bonito, toda esa gente junta en la calle, esa canción que volvía a resonar en las calles de la ciudad, y ese suelo bajo sus zapatos, cubierto de claveles, como un lecho de flores sobre el que el propio Portugal caminaba esa tarde…

Monteiro buscaba un teléfono desde el que poder llamar a su madre. Quería decirle que él, su hijo, era uno de esos soldados que salían en la televisión. Que él también había salido de su cuartel a las seis de la mañana, y que había tomado con su guarnición la Casa Tributaria Portuguesa, sin resistencia, pero tomada al fin y al cabo ¡Estaría tan orgullosa! Imaginó incluso que tal vez le hubiesen grabado, y que tal vez su madre ya le había visto a hombros de esos dos chicos, y eso le parecía magnífico, a Monteiro. Podía imaginar a su madre en el salón de casa viéndole a él, con su uniforme y su arma florida, subiendo esa calle, y deseaba encontrar un teléfono desde donde poder hablar con ella. Una camilla salió de uno de los cafés, con una sábana blanca cubriendo un cuerpo. “Mal día para morirse, compañero.”, pensó Monteiro, y siguió cantando ¿Cómo pensar en la muerte aquel día?

§ § §

María apagó su viejo tocadiscos y ese fado triste dejó de sonar. Había estado bailando, por primera vez en tantos años que ya ni recordaba la última vez que lo había hecho. Pero no quería oír más fado ya. Por la radio habían dicho que Salazar había caído. Salazar…Ese viejo cabrón… ¡Era grandioso! Y sin embargo, María estaba triste. Estaba triste porque había pensado en que, por fin, su más vieja y su última ilusión se había cumplido. Se había prometido a sí misma que no se moriría sin haberla visto cumplida, y ahí estaba. Salazar había caído. Pensaba entonces en lo que le quedaba por vivir y no se le ocurría nada. Estaba sola y no sabía por qué rezar cada noche antes de dormir. Se sorprendió al descubrir que se había acostumbrado a odiar al gordo de Salazar, le había cogido el gusto, y ya que no podría hacerlo, se sentía vacía. “Mira que eres tonta”, se dijo a sí misma, golpeándose en la cabeza “Te está dando algo en el cerebro”. Fue a buscar algo más alegre a la caja de los discos, pero estaba vacía. Su hijo se los habría llevado todos, supuso Marí . “Maldito fado. Siempre he odiado el fado. Es música para mustios.”, masculló mientras movía su mecedora hasta el balcón.

Se sentó en ella con la radio en el regazo y recordó los años en los que había trabajado en la central lisboeta de la Radio Nacional. Había oído que todo eso de la revolución había empezado en la radio, que habían puesto una de esas viejas canciones prohibidas y que el ejército había salido a la calle al escucharla. Así que todos esos años había estado en lo cierto…Todo comenzaría en la radio. Siempre había pensado que alguien tomaría ese micrófono que colgaba tras el cristal de la cabina, y que desde allí susurraría las palabras que Portugal necesitaba oír para despertar. Siempre le había faltado el valor para tomarlo ella misma. Y de esa manera había pasado más de treinta años, esperando a alguien valiente que derribase esa puerta. Cinco locos habían intentado tomar la central una madrugada. Llevaban un solo fusil. No habían conseguido ni cruzar la puerta, pero fueron los únicos que habían sido lo suficientemente valientes como para intentarlo. Eran poetas, o algo así, según les había dicho el guardia a la mañana siguiente. Cuando se enteró, maría no pudo evitar sentir una pequeña decpeción. “Unos poetas asaltando la radio…” Había pensado María entonces. “Portugal está perdido de verdad.”. Nunca le habían gustado los poetas. No eran de fiar. Pero ya era diferente. A ellos ahora les admiraba. Les admiraba porque, al contrario que a ella, les había sobrado el valor aunque faltado la cordura.

§ § §

Pereira buscaba a Pedro Oom entre la multitud. Ese era el único lugar donde sabía con certeza que podría encontrarle. Allí, en la revolución anhelada. Avanzaba pensando en qué decirle en caso de verle de nuevo, frente a frente, como esa única vez en que le había interrogado en la comisaría. Un solo día le había visto, y aún pensaba en él. Había olvidado su aspecto, excepto aquella mirada tan triste y marcada por la derrota, pero aún esperaba poder reconocerle. Pedro Oom había sido el hombre que le había devuelto la esperanza y le buscaba porque quería darle las gracias. Aquella era una búsqueda imposible, pues Lisboa entera se había lanzado a la calle esa tarde, y Pereira lo sabía, pero no tenía importancia. Lo que le gustaba era buscarle, escrutar todas aquellas caras exaltadas e intuir en alguna una sombra de ese difuso recuerdo de Oom, para sentir una súbita sensación de triunfo y la decepción un momento después. Pereira creía verle una y otra vez, y durante horas no hizo otra cosa que recrearse en el placer de esa búsqueda inútil.

Cogió a su hijo en brazos y le subió a sus hombros. Quería que lo viese todo, todo, todo, que se acordase de cada momento de ese día. Y que, cuando fuese mayor, les contase a sus amigos que había vivido esa revolución de los claveles a hombros de su padre. Le tendió la flor que llevaba en la mano: “Cógela hijo, ¡Levántala así, hasta el cielo!”, y su hijo se estiró hasta que los dos se tambalearon y casi caen al suelo. Ambos rieron, y Pereira pensó que nunca se había sentido tan feliz. Estaba feliz por su querida Lisboa, por ese hijo sobre sus hombros y por esa mujer que se había perdido entre la gente, y también por todos aquellos con los que caminaba por esa calle abarrotada. Pensó en Pedro, por supuesto. También se sentía feliz por él. ¿Qué estaría haciendo en ese momento? ¿Qué le pasaría por la mente? Le imaginaba con esa misma mirada triste, porque su mirada era la de alguien que había sufrido demasiado y a quién la tristeza nunca iba a abandonar, pero tal vez esa tarde esbozaba una leve sonrisa, e incluso cantaba con todo el mundo. Era magnífico imaginar como Pedro Oom pisaba el suelo de su tierra y se sentía a gusto por fin. “Se lo merece”, pensó Pereira. Había sido un hombre valiente. Se había enfrentado a la tristeza y había perdido, pero no se había resignado. Un hombre nunca puede resignarse. Pereira había sido testigo de esa derrota, esa noche en la que Oom había intentado entrar en la radio con cuatro amigos suyos del café Lisboa. Iban armados con un único fusil y no tenían plan. Confiaban en que una vez dentro, frente el micrófono, se les ocurriría qué hacer y qué decir. Pereira les había preguntado que porqué lo habían hecho. “Porque tenemos razón”, le había contestado Pedro mientras sus amigos asentían. Pereria entendió más tarde que ellos no habían esperado triunfar, pero que permanecer quietos era una derrota mayor. El día en que comprendió a Pedro Oom dejó la policía, pues supo que aquel ya no era su bando. Y, años más tarde, recorriendo las calles de Lisboa con su hijo de hombros, pensaba en él. Sí, Pedro Oom tenía razón, y la había tenido siempre. Quería encontrarle, encontrarle y decirle todo eso. Mientras buscaba pensaba: “¿Qué estará haciendo Pedro Oom?”

§ § §

“¡Por la…!”, y el vaso que se alzaba cayó, haciéndose añicos contra el suelo. El corazón de Pedro Oom, el poeta, el iluminado, se había parado.

En memoria de Pedro Oom, poeta e iluminado portugués

Mateo Vidal

 

  • Tercera categoría: poesía

Soy todo lo contrario a lo que piensan que soy

Soy una sobredosis de adrenalina

el octavo pecado capital

la que tumba ochos y los hace finitos

la que multiplica todo por 0,01

soy la fina línea entre llorar de alegría

y sonreír de tristeza;

la diferencia entre conjugar el verbo amar

en presente

o en pretérito perfecto

si lloro,

en el Sahara crecen tulipanes

me han cortado las alas trece veces

y sigo saltando desde la cornisa de sus labios

y nunca

llego a poner los pies en la tierra

Dante se fijó en mí

para escribir su Inferno

me estoy ahogando con mi propia risa

pero sigo vomitando a carcajada sucia

lo peor que me han dicho nunca ha sido:

quiero que cambies

siempre he presumido de tener las cosas claras

y ahora un alma

con los ojos de color indefinido

y los labios sabor pinar en verano

me ha emborronado el pensamiento;

pero sigo diciendo que tengo las cosas claras.

Creo que tengo el síndrome de Antígona

y no hay nada más injusto que nuestra distancia.

Carmen Arribas Saiz

Concurso 'Antonio Bernalte', Concursos

¡Participa en el concurso ‘Antonio Bernalte’!

FECHA LÍMITE: Viernes 3 de junio 

En honor a Antonio Bernalte, el alma que sopló y reavivó las cenizas de La colina del viento, ahora en edición digital, premiamos todas las formas de creatividad. ¡Expresarte te puede hacer ganar!

Bases del concurso

-Puedes enviar cualquier tipo de proyecto creativo: relatos, poesía, obras de teatro, dibujos, fotos, música, cortos… (¡Sorpréndenos!)

-El proyecto debe ser una creación original.

-Puedes participar individualmente o en grupo, pero si lo haces en grupo el premio se repartirá entre los integrantes.

-Pueden participar alumnos tanto de dentro como de fuera del centro.

-La fecha límite para enviar documentos es el 3 de junio de este año.

Instrucciones:

Para participar sólo debes enviar tu creación a la dirección de correo:

lacolinadelviento@gmail.com

Con los siguientes datos:

  1. Tu nombre y curso (si no estudias en el centro, sólo tu nombre).
  2. Alguna forma de contacto (vale con que nos lo envíes desde tu cuenta de correo).
  3. Debes poner “concurso Antonio Bernalte” en el asunto.

Premios:

-El premio serán 40€.

-Hay dos modalidades de premio: la elección del jurado y el más votado en la web

-Se premiarán dos clasificaciones: literatura (relatos, poemas, obras de teatro…) y artes visuales y audiovisuales (dibujo, cortos, música…)

-Habrá un solo premio para cada clasificación por cada modalidad de premio:

 

 

 

Elección del jurado Más votado
Literatura (relatos, poemas, obras de teatro…)  

40€

 

40€

Artes visuales y audiovisuales (dibujo, cortos, música…)

 

 

40€

 

40€

 

General:                                                                                                  

-Todas las aportaciones se publicarán en el blog.

-Se podrá votar en la web de la revista del instituto:             https://lacolinadelviento.wordpress.com/

-Para votar sólo debes marcar las estrellitas que se encuentran debajo de cada post. No contabilizaremos la media de estrellitas, sino el número total de votos. Por ejemplo, alguien que tenga de media tres estrellas y 1.200 votos se considerará  ganador frente a alguien que tenga media de cuatro y solo 1.000 votos.

 

¡Anímate a participar!

 

 

Concurso organizado por los integrantes de grupos de concursos de la revista del I.E.S Ramiro de Maeztu.

Web: https://lacolinadelviento.wordpress.com/

 

 

Concursos, Inicio

BASES DEL CONCURSO DE NAVIDAD

¡Llega la Navidad! Ya se acerca esa época de perdernos debajo de varias capas (aunque últimamente no lo parezca mucho), de acurrucarnos debajo de las mantas con un chocolate caliente en las manos, de visitar Cortylandia. La Navidad es una época mágica, ¡y nosotros queremos celebrarla! ¿Quieres celebrarla con nosotros?

Para ello, sólo tendrías que enviar un mail (asunto: “CONCURSO NAVIDEÑO DE ESCRITURA”) a nuestra dirección de correo (lacolinadelviento@gmail.com) con un microrrelato de tu puño y letra que se relacione de alguna manera con la nieve y con la magia*. La Navidad es nieve, la Navidad es magia, y por ello queremos que nos envíes un cuento que te evoque a ti a estas dos palabras (o a una de ellas, como prefieras).

La fecha límite para participar en el concurso es el 11 de diciembre, y los relatos deberán tener un título y ser anónimos, o firmados por un pseudónimo; ya que elegiremos los microrrelatos más originales, cuyos autores serán contactados posteriormente para descubrir quién se esconde tras cada relato. Los ganadores serán premiados, y sus relatos publicados en la siguiente edición de nuestra revista. La estructura del relato ha de ser la siguiente:

Número de caras Fuente Tamaño de letra Interlineado
1 (min) – 3 (max) Times New Roman 12 1,5

Así que, ¿qué nos dices? ¿Vas a celebrar la Navidad con nosotros?

La colina del viento.
*Magia: ¡no tiene por qué ser magia a lo Harry Potter! Ni tiene por qué no serlo. Hay muchos tipos de magia, y tú puedes escribir sobre la que tú prefieras; nosotros estaremos encantados de leer tu relato sea cual sea tu magia.

Concursos

XLI Certamen Literario MARÍA AGUSTINA

1. Podrán participar los jóvenes que el 28 de enero de 2015 tengan entre 16 y 23 años, con trabajos escritos en lengua castellana. 

2. Se establecen dos modalidades:

A. NARRACIÓN CORTA
De tema libre y con extensión máxima de 10 páginas, en formato A4, a doble espacio, tipo de letra Times New Roman de 12 puntos y márgenes mínimos de 2,5 cms.

B. POESÍA
Uno o varios poemas de tema libre y extensión máxima de 100 versos, mecanografiados a doble espacio.
3. El Jurado nombrado al efecto otorgará los siguientes premios en cada una de las modalidades:

  • Primero: 1.000 €.
  • Segundo: 500 €. 

4. El Jurado, cuyo fallo será inapelable, podrá declarar los premios desiertos o concederlos “ex aequo”.

5. Los trabajos se enviarán por correo postal antes del 28 de enero de 2015 al

Instituto de Educación Secundaria “J.Ibánez Martín”
C/ Jerónimo Santa Fe, s/n – 30800 LORCA (Murcia). 


6. Los trabajos serán inéditos y se enviarán por quintuplicado bajo lema o seudónimo. Junto al trabajo, en sobre aparte, figurará el lema y en su interior se incluirá nota con nombre y apellidos, direcciónpostal, correo electrónico y teléfono del concursante, así como fotocopia del carné de identidad.

7. El fallo del Jurado se hará público en marzo  y se comunicará personalmente a los premiados.

8. Los trabajos premiados quedarán en propiedad de los Institutos de Lorca, para ser publicados. Los restantes serán destruidos, y no se mantendrá correspondencia con sus autores.

9. Los autores premiados en ediciones anteriores no podrán presentarse a la misma modalidad en la que obtuvieron el premio.

10. El hecho de participar en el Certamen supone la aceptación de todas y cada una de sus bases.

Más información

¡Exprésate y gana!, Concursos, Inicio

¡Exprésate y gana!

¿Quieres que promocionarte tenga premio? ¡Entonces estáte atento!

Envíanos tus viñetas, canciones, relatos, fotos, poemas… y todo lo que quieras a lacolinadelviento@gmail.com y participa en nuestro concurso. Como siempre, se publicará en nuestro blog (atendiendo a sus normas de publicación), pero la novedad estará en que las entradas pueden ser votadas en la pestaña “¡Exprésate y gana!” si efectivamente quieres participar.

Votar es muy sencillo: a partir de ahora al final de cada entrada aparece un marcador con 5 estrellas.

¡Dale a tus entradas favoritas las estrellas que merezcan o publica con nosotros y mueve tu entrada para que sea la más votada!

Se aceptarán correos con publicaciones hasta el inicio de las vacaciones de Semana Santa (viernes 27 de marzo*). Después, a finales de abril (miércoles 22 de abril*), se entregarán los premios:

Tarjeta regalo de 60€ en el FNAC para la entrada más votada en nuestra web

Tarjeta regalo de 60€ en el FNAC para la mejor entrada (seleccionada por el comité editorial de la revista, del que no formará parte ninguno de los participantes del concurso)

¡Anímate y participa! La creatividad aquí sí tiene premio.

*Las fechas son aproximadas y podría sufrir algún tipo de cambio.

Concursos

IV Premio Internacional de Microrrelatos “Museo de la Palabra”

Teniendo como premisa fundamental, el objetivo de la Fundación: “La palabra como vínculo de la humanidad, frente a toda violencia”, y la capacidad que la palabra tiene para unir a los pueblos, se convoca la IV Edición de concurso, bajo el lema: “Mandela: Palabra y Concordia”

BASES DEL CONCURSO:

    1. Se convoca la IV Edición de Premio Internacional de Microrrelatos Fundación César Egido Serrano – Museo de la Palabra.
    2. Podrán participar cuantos escritores de cualquier país del mundo lo deseen.
    3. Los originales cuya temática será libre (dos por autor, como máximo) estarán escritos en cualquiera de las siguientes lenguas: Español, Inglés, Árabe o Hebreo.
    4. Se establece un premio absoluto de 20.000 dólares para el mejor relato en cualquiera de las lenguas autorizadas en el certamen.
    5. Se concederán tres accésits de 2.000 dólares cada uno para los mejores relatos de cada una de las otras lenguas admitidas en el concurso, y no ganadoras del premio principal.
    6. Los relatos no podrán superar las 100 palabras. Se enviarán exclusivamente rellenando el formulario que se encontrará en la página web de la Fundación: http://www.fundacioncesaregidoserrano.com o http://www.museodelapalabra.com. Los textos serán originales, inéditos en todos los medios (en papel, blogs, publicaciones electrónicas, en red…) y que no hayan sido premiados en cualquier otro certamen. Los que no cumplan esta condición desde la convocatoria hasta el fallo del premio serán descalificados.
    7. El autor se responsabiliza y certifica que el relato presentado es de su única autoría.
    8. El plazo de recepción de originales terminará a las 24h (hora peninsular española) del Día Internacional de la Palabra como Vínculo de la Humanidad (lema de la Fundación), el 23 de noviembre de 2014.
    9. El Jurado evaluador hará una selección cuantos finalistas considere oportuno. El listado de los títulos finalistas será publicado en la página web de la Fundación César Egido Serrano.
    10. La Fundación César Egido Serrano se reserva el derecho de publicar los relatos finalistas.
    11. La resolución del Jurado será inapelable.
    12. La inscripción en este certamen supone la total aceptación de sus bases.
    13. Los textos que incumplan cualquiera de las bases serán descalificados.

 

(Vía http://www.museodelapalabra.com/es/concurso-de-microrrelatos/4-edicion/formulario-de-participacion)