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Epopeya al desastre

Roma
–imperio del mundo entero–
se destruyó a sí misma
hasta que en su lugar
sólo quedaron cenizas

Roma
–reino de los mil reinos–
dejó de ser
en un grito mudo,
como el humo
que empaña el cielo
y que el viento se lleva
sin dar explicaciones

:

A lo mejor
yo soy como Roma:
me deshago a mí misma
en el tormento de mi propio ser,
me desmorono con la esperanza
de ser también un ave fénix
y que mi punto y final
sea, en realidad, una coma:
una pausa
para respirar.

Pero aún no renazco:
sigue faltándome el aliento
y sobrándome las calaveras
que anidan mis utopías.


S. I.

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Le plaisir m’a été étrange

Hola, soy una adolescente de 18 años y creo que no me equivoco al afirmar que nunca me he derretido entre mis dedos.
Y tampoco me había preocupado realmente hasta hace un tiempo, cuando entendí que no era solo cosa mía, que no era yo la única que no se había molestado por conocer el cielo entre sus piernas.
Recuerdo un episodio con el primer chico con el que estuve. Recuerdo que me doliera un poco, que fuera algo molesto. Recuerdo no entender muy bien a qué venía que me metiera un par de dedos y luego se colgara la medallita frente a sus amigos.
A mí no me había gustado, y no sabía si es que tenía algo roto o así. Tampoco sabía si había sido su desconocimiento el culpable de mi dolor. Quiero decir, al fin y al cabo podía entender que no supiera bien qué hacer, igual que me podía pasar a mí con él, pero esa no era la cuestión. El problema residía en que ninguna de las dos sabía. En que más allá de que él no tuviera claro cómo darme placer, yo tampoco sabía explicárselo porque nunca me había parado a dedicarme esa atención tan necesaria.
“Nadie sabe lo que puede un cuerpo”, dijo Spinoza. Pues bien, sin duda yo no tenía ni la más remota idea del placer que puede sentir el mío.
Cuando en quinto de primaria alguien bromeó con que mi novio no podía hacerse pajas sin pensar en que estaba follando conmigo, no entendí ni la mitad de lo que la frase significaba. Cuando, un año después, un chico nos preguntó a unas amigas y a mí que si éramos vírgenes de dedos, también me quedé en blanco. Ni idea de a qué se referían.
Qué rabia me da ahora analizar estas cosas y ver que mientras que ellos se hacen pajas desde los 10 años nosotras no lo sentimos como algo a nuestro alcance. En realidad, quiero equivocarme y pensar que los números van cambiando y cada vez más mujeres se masturban, pero aún así he hablado con chicas que han compartido mi desconocimiento ante el propio cuerpo y por nosotras escribo.
En otra ocasión, con otro chico con el que estuve, sentía que el placer giraba en torno a él y a su polla, que aunque al principio sí se preocupara algo por, de nuevo, exclusivamente introducir sus dedos en mi vagina, me dije que algo no iba bien. Pero no iba bien para mí, él estaba divinamente. Quedamos, un par de besos, unas pajas y adiós. No parecía importarle demasiado el hecho de que, mientras él se había corrido, yo ni me había quitado la camiseta. No podía seguir con aquello. Quizás tendría que haber hablado con él, haberle exigido la atención que no le daba a mi cuerpo. Pero suena a que la cama fuera su espacio y el placer cosa suya, como si fuera un espacio en el que tengo que pedir permiso para entrar o el placer fuera algo que tuviera que reclamar. Tampoco me convence del todo la idea. Sigue pareciéndome que mi disfrute es un aspecto secundario. Sigue pareciéndome que mi disfrute no se presupone, que no es algo que tendría que serme dado.
Estaba claro que no podía seguir viviendo sin quererme a mí misma. No me gustaba la idea de ser incapaz de darme placer.
Pero tampoco sabía cómo hacerlo, al fin y al cabo, qué me decía que no era yo la culpable, que estaba rota, que no podía sentir nada. No terminaba de quitarme esas ideas de la cabeza.
Ahora sé que puedo sentirme en las nubes, que puedo notar un cosquilleo dulce en cada poro de mi piel.
Ahora, que me he dado cuenta de que no es un problema, ni una carencia, ni un defecto de fábrica, ha llegado la hora de buscarme en los ratos que encuentre. Buscarme a mí misma, con mis propias manos.
Ahora, que me acerco más a saber lo que puede mi cuerpo, no quiero depender de otra persona para disfrutar, quiero saber lo que me gusta y cómo me gusta. Quiero expulsar ese tabú de mi cabeza y que las mujeres dejemos de sentir el placer como un extraño, como algo ajeno a nosotras. Quiero que nos dejemos de considerar objetos de placer y empecemos a exigir ser sujetos en nuestras relaciones sexuales.


Cultura, Inicio

Cultura

Pequeñas farolas iluminan la estrecha calle de Embajadores. El heterogéneo panorama que revelan es un fiel reflejo de Madrid. Si bien un paseo nocturno por la envejecida calle no es la más prudente de las opciones que ofrece la capital, sí es un recorrido obligado. El temerario paseo tiene como destino el número 9 de esta misma calle, donde se alza El Pavón Teatro Kamikaze.

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En el Ramiro, Inicio

El impacto de la filosofía ramireña en un alumno de 1960.

Durante su vida Luis Blázquez Torres ha sido adjunto al presidente del Banco Central Hispano, presidente de Mercamadrid y Consejero de Empleo y Economía de la Comunidad de Madrid, entre otros cargos. Hoy es entrevistado por algo que ocurrió mucho antes, entre 1959 y 1961, su paso por el Instituto Ramiro de Maeztu. En esta entrevista recuerda con cariño a algunos de sus profesores, reflexiona sobre la sociedad del momento y expresa su concepto sobre la que llama la filosofía del Ramiro.

P.- ¿Qué te trajo exactamente a estudiar en el Ramiro de Maéztu?

R.- En aquella época yo no tenía más opción que trabajar mientras estudiaba así que para poder cursar el Bachiller de entonces acudí a los estudios nocturnos del Ramiro.

P.- En la actualidad, el Instituto sigue teniendo un programa de bachillerato nocturno, ¿crees que ha cambiado la percepción que tenemos de los alumnos que cursan en este horario?

R.- Lo que realmente ha cambiado es la propia sociedad. Entonces se trataba de una sociedad que necesitaba trabajar y donde era fácil encontrar trabajo porque todo estaba en expansión. Lo que realmente era complicado era conseguir cultura. Por eso se pusieron estudios nocturnos en el Ramiro y en lo que entonces era la Universidad Complutense de San Bernardo. Así se pudieron hacer algunas carreras universitarias. Existieron también las becas salario. Entonces los estudios nocturnos eran la única forma de realizar el cambio social que supone ir a la universidad.

P.- ¿Cómo era compaginar el trabajo con el estudio?

R.- Era duro. Al final a lo que tenías que renunciar era a tu juventud. Es algo que claramente no debería ser necesario en otras épocas. Por eso se desarrollaron las becas salario, para que la gente generase ingresos mientras estudiaba si lo necesitaba. Hay muchas tardes y muchos domingos que no se podía salir y requería estudiar. También es verdad que solíamos ser mayores los del nocturno así que era más fácil razonar algunos conceptos. De todas formas para sobresalir había que tener mejores capacidades de memoria y demás. En un bachillerato como aquel era muy difícil que solo con trabajar salieras a flote.

P.- Esta edición impresa de la revista está siendo realizada en honor a un profesor del Instituto. ¿Recuerdas algún profesor que te marcase especialmente?

R.- Probablemente el profesor más unido al Ramiro, Don Antonio Magariños. Yo hice el Bachiller de letras y aunque sobre el papel me enseñaba latín y griego canalizaba muy bien las necesidades para que nos desarrollásemos como personas. Intentaba en todo momento transmitir y en cierto modo creó la filosofía del Ramiro que tantas oportunidades dio.

P-. ¿Has encontrado en tu vida profesional más gente proveniente del Instituto?

R.- Dentro del mundo de la Banca encontré a muchos alumnos del Ramiro, así como en mi vida social. En la política es probablemente donde menos gente proveniente de este círculo encontré.

P-. ¿Crees que hay alguna razón para ello?

R.- Bueno, la cultura especial que tiene el Ramiro nació como algo nuevo, algo desligada de las ideas políticas. Yo diría que el Instituto Ramiro de Maeztu de mi época encajaba mejor con Europa que con la España en que vivía. Era una auténtica vanguardia. Hoy debe seguir siéndolo solo que ahora el Ramiro tiene que ser una élite entre élites. Es un mundo muy distinto al de 1960.

P.- De todo lo que aprendiste el Ramiro, ¿qué es lo que consideras que más te ha ayudado posteriormente?

R-. Las ideas que me inculcaron en el Ramiro. Esta filosofía basada en la solidaridad y en llegar a la élite. Pero no tenía nada que ver con lo que ahora llaman el American Dream. No era una ambición de poseer ni de tener, sino de conocer. Esa formación personal me ayudó realmente en lo profesional y creo que es lo más característico del instituto de mi época.

Ana Fernández Blázquez

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No sé

-No sé.

Parece nuestra respuesta para todo. Pero para nada. No es que no sepamos, ni es una estrategia para ganar tiempo o pensar una respuesta creativa. Es una herramienta, bastante eficaz, para aislarse del epicentro de la conversación. Como si tuviéramos algún tipo de deficiencia o incapacidad para razonar al instante.

No es cierto. Nuestras caras lo demuestran. Tantas cejas arqueadas, labios mordidos, ceños fruncidos. Pero la boquita cerrada.

Nos enseñan a mantener la boquita cerrada. A mimetizarnos con el entorno, a retroceder en las discusiones, a desaparecer del mapa. Y cuando se nos incluye, nuestra respuesta es alejarnos. Son solo dos palabras, pero te dejan completamente fuera de combate.

No hay nada más cobarde que no enfrentarse a una discusión. Pero sentimos miedo. Tantas veces acalladas que no valoramos nuestra propia voz. Muchas veces he saltado y me he llevado la mano a la boca al instante, sorprendida de que un impulso se hubiera adelantado a la costumbre, que se muestra siempre tajante en situaciones como esas: “Mantén la boca cerrada, escucha, para hablar antes tienes que saber qué decir. No tienes ni idea del tema, estate atenta. A ver qué dicen los demás”.

Estoy cansada de escuchar. Pero más cansada estoy del miedo a gritar, de los grilletes de mi mandíbula.

Estoy cansada de que me tiemble la voz. De desconfiar de mi valía, de infravalorar mi opinión. Tengo que vencer el miedo a equivocarme y a que me señalen mis errores y limitaciones.

Porque es frustrante ser testigo de un debate o discusión queriendo intervenir y no encontrar el momento adecuado para hacerlo. Y aún más frustrante es sentir que has tenido miedo de que lo que dijeras sonara ridículo, pero unos minutos después buscas compartirlo con alguien de confianza y que aprecie tus palabras, o llegas a casa y se lo gritas al espejo.

Es frustrante el miedo a hablar. A hablarle al mundo. A proyectarse.

A partir de ahora, buscaré quedarme afónica, no callada.


María Astigarraga Santamaría

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Coma todo lo que pueda

Todo llega a su fin. Tras un proceso que se ha hecho interminable, la infanta Cristina de Borbón y su marido, Iñaki Urdangarín, han sido sentenciados.
Sin embargo, pese a los ocho meses de redacción de una sentencia de más de mil folios, la reacción de las redes sociales ilustra un suceso que no ha hecho más que asomar los dientes en la entrada del siglo XXI.

El acceso absoluto a toda la información en tiempo real, y el vuelco de las campañas políticas en las redes sociales han cumplido el encomiable propósito de politizar cada vez a sectores más amplios de la sociedad. La velocidad de las comunicaciones ha sido capaz de estructurar una sociedad civil concienciada y reaccionaria en todos los planos, que ejerce ahora sí como un contrapoder estable a las decisiones de los cargos electos. La riqueza que esto aporta a un sistema de nuestras características es inmensa. Sin embargo, conforme se asienta el nuevo lenguaje, las ideas se deforman para adaptarse a sus nuevos vestidos.

Internet nos ha acostumbrado a tener una recompensa instantánea. Somos comensales gigantescos en un bufé libre que no hace más que abrir nuevas y nuevas salas. La reacción que genera cualquier acto de los poderes públicos en esta nueva sociedad está empezando a adoptar estas mismas características.

El nuevo comensal de bufé siente profunda rabia cada vez que sus representantes roban, engañan o delinquen. Independientemente de la complejidad del acto, el lenguaje tira de él hacia ambos lados y le da una sonrisa grotesca, un olor dulzón que hará que los comensales de bufé lo elijan entre otros miles. Se impone una selección natural salvaje de las ideas.

De esta caldera de indignación, alimentada no sólo por la larga serie de despropósitos, sino por un bombardeo constante de apetitosos esperpentos, brotan las ideas que alimentan la nueva política. Ya no hay espacio para amplios manifiestos, sino para ideas cortas, lemas y consignas. Cualquier delito fiscal es un “robo”, cualquier promesa incumplida es una “mentira”. Los platos del bufé se sazonan a conciencia.

En este reino, la justicia también quiere perder su toga y sus ribetes para convertirse en el mejor de los platos, en el olor más dulce. Las instituciones compiten con el pollo al carbón, los gofres, las papayas y la fondue. En el reino de los supuestos jueces, las sentencias de mil páginas pierden todo su peso por su olor a papel, sin salsas llamativas o guarniciones. La comunidad saltará furiosa, porque esta gente ha robado. Prevalecen los disparos más apetitosos, los que más apetece saborear; sobre aquellos asépticos, rígidos e impenetrables de más de 140 caracteres.

La deriva es clara. La lengua ciudadana pide sabores más y más fuertes, cortos, rápidos, sencillos. Pide emociones folletinescas, olores más nuevos, más intensos. No por desconocimiento, incultura o voluntad de sabotaje. Nos enfrentamos a los ciudadanos mejor informados de la historia, y al mejor ejemplo de sociedad civil desde los tempranos diseños de la democracia moderna.

La cuestión es la construcción de este bufé libre, de este libre mercado de las ideas al que conduce inexorablemente nuestro nuevo lenguaje, el lenguaje de lo corto y lo instantáneo. El de los 140 caracteres. Toca abrir los ojos y taparse la nariz.


Antonio Colás Nieto