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Epopeya al desastre

Roma
–imperio del mundo entero–
se destruyó a sí misma
hasta que en su lugar
sólo quedaron cenizas

Roma
–reino de los mil reinos–
dejó de ser
en un grito mudo,
como el humo
que empaña el cielo
y que el viento se lleva
sin dar explicaciones

:

A lo mejor
yo soy como Roma:
me deshago a mí misma
en el tormento de mi propio ser,
me desmorono con la esperanza
de ser también un ave fénix
y que mi punto y final
sea, en realidad, una coma:
una pausa
para respirar.

Pero aún no renazco:
sigue faltándome el aliento
y sobrándome las calaveras
que anidan mis utopías.


S. I.

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Cultura, Inicio

Cultura

Pequeñas farolas iluminan la estrecha calle de Embajadores. El heterogéneo panorama que revelan es un fiel reflejo de Madrid. Si bien un paseo nocturno por la envejecida calle no es la más prudente de las opciones que ofrece la capital, sí es un recorrido obligado. El temerario paseo tiene como destino el número 9 de esta misma calle, donde se alza El Pavón Teatro Kamikaze.

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En el Ramiro, Inicio

El impacto de la filosofía ramireña en un alumno de 1960.

Durante su vida Luis Blázquez Torres ha sido adjunto al presidente del Banco Central Hispano, presidente de Mercamadrid y Consejero de Empleo y Economía de la Comunidad de Madrid, entre otros cargos. Hoy es entrevistado por algo que ocurrió mucho antes, entre 1959 y 1961, su paso por el Instituto Ramiro de Maeztu. En esta entrevista recuerda con cariño a algunos de sus profesores, reflexiona sobre la sociedad del momento y expresa su concepto sobre la que llama la filosofía del Ramiro.

P.- ¿Qué te trajo exactamente a estudiar en el Ramiro de Maéztu?

R.- En aquella época yo no tenía más opción que trabajar mientras estudiaba así que para poder cursar el Bachiller de entonces acudí a los estudios nocturnos del Ramiro.

P.- En la actualidad, el Instituto sigue teniendo un programa de bachillerato nocturno, ¿crees que ha cambiado la percepción que tenemos de los alumnos que cursan en este horario?

R.- Lo que realmente ha cambiado es la propia sociedad. Entonces se trataba de una sociedad que necesitaba trabajar y donde era fácil encontrar trabajo porque todo estaba en expansión. Lo que realmente era complicado era conseguir cultura. Por eso se pusieron estudios nocturnos en el Ramiro y en lo que entonces era la Universidad Complutense de San Bernardo. Así se pudieron hacer algunas carreras universitarias. Existieron también las becas salario. Entonces los estudios nocturnos eran la única forma de realizar el cambio social que supone ir a la universidad.

P.- ¿Cómo era compaginar el trabajo con el estudio?

R.- Era duro. Al final a lo que tenías que renunciar era a tu juventud. Es algo que claramente no debería ser necesario en otras épocas. Por eso se desarrollaron las becas salario, para que la gente generase ingresos mientras estudiaba si lo necesitaba. Hay muchas tardes y muchos domingos que no se podía salir y requería estudiar. También es verdad que solíamos ser mayores los del nocturno así que era más fácil razonar algunos conceptos. De todas formas para sobresalir había que tener mejores capacidades de memoria y demás. En un bachillerato como aquel era muy difícil que solo con trabajar salieras a flote.

P.- Esta edición impresa de la revista está siendo realizada en honor a un profesor del Instituto. ¿Recuerdas algún profesor que te marcase especialmente?

R.- Probablemente el profesor más unido al Ramiro, Don Antonio Magariños. Yo hice el Bachiller de letras y aunque sobre el papel me enseñaba latín y griego canalizaba muy bien las necesidades para que nos desarrollásemos como personas. Intentaba en todo momento transmitir y en cierto modo creó la filosofía del Ramiro que tantas oportunidades dio.

P-. ¿Has encontrado en tu vida profesional más gente proveniente del Instituto?

R.- Dentro del mundo de la Banca encontré a muchos alumnos del Ramiro, así como en mi vida social. En la política es probablemente donde menos gente proveniente de este círculo encontré.

P-. ¿Crees que hay alguna razón para ello?

R.- Bueno, la cultura especial que tiene el Ramiro nació como algo nuevo, algo desligada de las ideas políticas. Yo diría que el Instituto Ramiro de Maeztu de mi época encajaba mejor con Europa que con la España en que vivía. Era una auténtica vanguardia. Hoy debe seguir siéndolo solo que ahora el Ramiro tiene que ser una élite entre élites. Es un mundo muy distinto al de 1960.

P.- De todo lo que aprendiste el Ramiro, ¿qué es lo que consideras que más te ha ayudado posteriormente?

R-. Las ideas que me inculcaron en el Ramiro. Esta filosofía basada en la solidaridad y en llegar a la élite. Pero no tenía nada que ver con lo que ahora llaman el American Dream. No era una ambición de poseer ni de tener, sino de conocer. Esa formación personal me ayudó realmente en lo profesional y creo que es lo más característico del instituto de mi época.

Ana Fernández Blázquez

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No sé

-No sé.

Parece nuestra respuesta para todo. Pero para nada. No es que no sepamos, ni es una estrategia para ganar tiempo o pensar una respuesta creativa. Es una herramienta, bastante eficaz, para aislarse del epicentro de la conversación. Como si tuviéramos algún tipo de deficiencia o incapacidad para razonar al instante.

No es cierto. Nuestras caras lo demuestran. Tantas cejas arqueadas, labios mordidos, ceños fruncidos. Pero la boquita cerrada.

Nos enseñan a mantener la boquita cerrada. A mimetizarnos con el entorno, a retroceder en las discusiones, a desaparecer del mapa. Y cuando se nos incluye, nuestra respuesta es alejarnos. Son solo dos palabras, pero te dejan completamente fuera de combate.

No hay nada más cobarde que no enfrentarse a una discusión. Pero sentimos miedo. Tantas veces acalladas que no valoramos nuestra propia voz. Muchas veces he saltado y me he llevado la mano a la boca al instante, sorprendida de que un impulso se hubiera adelantado a la costumbre, que se muestra siempre tajante en situaciones como esas: “Mantén la boca cerrada, escucha, para hablar antes tienes que saber qué decir. No tienes ni idea del tema, estate atenta. A ver qué dicen los demás”.

Estoy cansada de escuchar. Pero más cansada estoy del miedo a gritar, de los grilletes de mi mandíbula.

Estoy cansada de que me tiemble la voz. De desconfiar de mi valía, de infravalorar mi opinión. Tengo que vencer el miedo a equivocarme y a que me señalen mis errores y limitaciones.

Porque es frustrante ser testigo de un debate o discusión queriendo intervenir y no encontrar el momento adecuado para hacerlo. Y aún más frustrante es sentir que has tenido miedo de que lo que dijeras sonara ridículo, pero unos minutos después buscas compartirlo con alguien de confianza y que aprecie tus palabras, o llegas a casa y se lo gritas al espejo.

Es frustrante el miedo a hablar. A hablarle al mundo. A proyectarse.

A partir de ahora, buscaré quedarme afónica, no callada.


María Astigarraga Santamaría

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Coma todo lo que pueda

Todo llega a su fin. Tras un proceso que se ha hecho interminable, la infanta Cristina de Borbón y su marido, Iñaki Urdangarín, han sido sentenciados.
Sin embargo, pese a los ocho meses de redacción de una sentencia de más de mil folios, la reacción de las redes sociales ilustra un suceso que no ha hecho más que asomar los dientes en la entrada del siglo XXI.

El acceso absoluto a toda la información en tiempo real, y el vuelco de las campañas políticas en las redes sociales han cumplido el encomiable propósito de politizar cada vez a sectores más amplios de la sociedad. La velocidad de las comunicaciones ha sido capaz de estructurar una sociedad civil concienciada y reaccionaria en todos los planos, que ejerce ahora sí como un contrapoder estable a las decisiones de los cargos electos. La riqueza que esto aporta a un sistema de nuestras características es inmensa. Sin embargo, conforme se asienta el nuevo lenguaje, las ideas se deforman para adaptarse a sus nuevos vestidos.

Internet nos ha acostumbrado a tener una recompensa instantánea. Somos comensales gigantescos en un bufé libre que no hace más que abrir nuevas y nuevas salas. La reacción que genera cualquier acto de los poderes públicos en esta nueva sociedad está empezando a adoptar estas mismas características.

El nuevo comensal de bufé siente profunda rabia cada vez que sus representantes roban, engañan o delinquen. Independientemente de la complejidad del acto, el lenguaje tira de él hacia ambos lados y le da una sonrisa grotesca, un olor dulzón que hará que los comensales de bufé lo elijan entre otros miles. Se impone una selección natural salvaje de las ideas.

De esta caldera de indignación, alimentada no sólo por la larga serie de despropósitos, sino por un bombardeo constante de apetitosos esperpentos, brotan las ideas que alimentan la nueva política. Ya no hay espacio para amplios manifiestos, sino para ideas cortas, lemas y consignas. Cualquier delito fiscal es un “robo”, cualquier promesa incumplida es una “mentira”. Los platos del bufé se sazonan a conciencia.

En este reino, la justicia también quiere perder su toga y sus ribetes para convertirse en el mejor de los platos, en el olor más dulce. Las instituciones compiten con el pollo al carbón, los gofres, las papayas y la fondue. En el reino de los supuestos jueces, las sentencias de mil páginas pierden todo su peso por su olor a papel, sin salsas llamativas o guarniciones. La comunidad saltará furiosa, porque esta gente ha robado. Prevalecen los disparos más apetitosos, los que más apetece saborear; sobre aquellos asépticos, rígidos e impenetrables de más de 140 caracteres.

La deriva es clara. La lengua ciudadana pide sabores más y más fuertes, cortos, rápidos, sencillos. Pide emociones folletinescas, olores más nuevos, más intensos. No por desconocimiento, incultura o voluntad de sabotaje. Nos enfrentamos a los ciudadanos mejor informados de la historia, y al mejor ejemplo de sociedad civil desde los tempranos diseños de la democracia moderna.

La cuestión es la construcción de este bufé libre, de este libre mercado de las ideas al que conduce inexorablemente nuestro nuevo lenguaje, el lenguaje de lo corto y lo instantáneo. El de los 140 caracteres. Toca abrir los ojos y taparse la nariz.


Antonio Colás Nieto

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Sin Valentín

Ya ha llegado San Valentín. Las tiendas se han llenado de corazones y de cajas de bombones, incitándonos a comprar para demostrarle nuestro amor a nuestra persona especial.

En realidad, el amor no se mide ni en kg de chocolate ni en tazas de Mr. Wonderful, y el verdadero regalo es poder disfrutar de la compañía de esa persona, es decir, que compartan su vida contigo. Tampoco hace falta un día al año para celebrar la existencia del amor, porque el amor se celebra y se exalta todos los días. Además, si necesitas un día asignado para decidir hacer algo bonito con o para tu pareja, quizás la relación no va bien.

En definitiva, San Valentín existe como símbolo y recordatorio de ese ideal que buscamos todos los seres humanos desesperadamente como si fuese la única razón por la cual hayamos sido traídos al mundo. ¿Quién nos ha enseñado que el amor romántico es lo único por lo cual merece la pena vivir?

Desde pequeños, nos enseñan a aspirar al amor, aquello que hará que nuestra vida brille y nos otorgue felicidad permanente. No hace falta ir más allá de las películas de Disney, que siguen más o menos un mismo esquema: una mujer y un hombre que se enamoran a la vez que atraviesan momentos difíciles, que finalmente superan. El final siempre es el mismo: y vivieron felices para siempre. Nadie considera que el final no sea feliz, ni te hablan del trabajo y compromiso que supone mantener una relación, y desde luego, no consideran que el amor romántico no se da solamente entre un hombre y una mujer.

Si enseñamos a los niños que el amor les va a salvar de todo lo malo y que tener a una persona a su lado es la única manera de alcanzar la felicidad, normal que luego crezcan y sean adolescentes y adultos que establecen relaciones y se casan por el simple hecho de no estar solos. A partir de cierta edad, está mal visto no tener pareja, en especial si eres mujer.

Si partimos de la idea de que en este mundo en el que viven 7 mil millones de personas hay alguien para todo el mundo, automáticamente clasificamos a aquellos que no la tienen como seres rotos, pues no es posible que no tengan una pareja. Si nadie se siente atraído por ti ni quiere compartir su vida contigo, te tiene que pasar algo. Esto tiene como consecuencia que te sientas mal contigo misma porque empiezas a preguntarte qué habrá en ti que repele a las personas y haga que nadie te quiera como novia. Si en teoría existe alguien para todo el mundo, ¿por qué tú no tienes a nadie? El concepto de media naranja, o alma gemela, es algo que en su momento me creí, pero que verdaderamente no tiene ningún sentido, y además, es tóxico. ¿En qué momento nos hicieron pensar que éramos seres incompletos? ¿Desde cuándo existe solo una con la que puedas congeniar? ¿Qué probabilidad hay de que esa mitad perdida frecuente los mismos lugares que tú, o acaso viva en tu ciudad, o país? Es completamente absurdo pensar que un ser humano es una pieza de puzle que concuerda perfectamente solamente con una. Aún más absurdo es considerar a las personas mitades. ¿Mitades de qué? ¿Acaso las parejas son una sola persona?

Enseñar a las mujeres que no podrán realizarse como personas sin un hombre, en el cual colocan toda su confianza y dependencia, es tóxico. ¿Cuántas mujeres se quedan en relaciones en las que su pareja abusa de ellas por miedo? Soportamos y perdonamos acciones que no deberíamos tolerar; ofrecemos justificaciones a su comportamiento, nos aferramos a la idea de que cambiarán, de que en el fondo son buenos, y lo único que hacemos es prolongar nuestro sufrimiento e impedir nuestro desarrollo. Creemos, y nos dicen, que nadie más nos va a querer, y preferimos ser malqueridas a no ser queridas, pues nuestro valor como personas se basa en que los demás nos quieran. ¿En qué momento nos enseñaron a priorizar las opiniones externas sobre las nuestras en cuanto al valor de nuestra persona?

El amor nos vuelve ciegos, indefensos y dependientes. Muy dependientes. ¿Verdaderamente es sano que nos aterre la perspectiva de un futuro sin nuestra pareja? ¿Y los celos y sentimiento de posesión que sentimos hacia esa persona? ¿Es bueno que alguien tenga tanto poder sobre nosotros? ¿Que sea capaz de cambiar nuestro estado de ánimo en un abrir y cerrar de ojos? Hablamos de libertad, pero qué libertad tenemos si nos encontramos atados con cadenas a los demás. Nada en la vida es permanente, nada, nada, nada. El mundo se mueve, corre, fluye, y nosotros con él. Y a veces las personas crecen y toman caminos distintos, y aquello que fue deja de ser. El ser humano es un animal social, y desarrolla relaciones con otros seres por necesidad, y va sustituyendo a estos seres según pasa el tiempo y cambia su situación, tanto mental como geográfica. Es inevitable, y no implica que las relaciones establecidas sean falsas, pero la verdad es que tu vida no termina cuando pierdes a un amigo, pues sabes que encontrarás otros.

El amor debería ser algo que se da sin esperar recibir nada de vuelta, totalmente altruista, que verdaderamente desee lo mejor para esa persona, aunque su futuro no nos incluya a nosotros. Libre de ataduras, de exigencias, de esperanzas. Pero no lo es; no somos capaces de dar amor por el simple hecho de darlo. Necesitamos que nos sea correspondido. Y que seamos nosotros el único recipiente de ese amor. Solemos descartar las relaciones poliamorosas como imposibles y como extrañas, además de opinar que sus participantes son gente incapaz de comprometerse, pero en el fondo, son los que practican el amor tal y como debería ser. ¿Por qué debemos depositar todo nuestro amor en una sola persona? ¿Por qué nos dedicamos a pensar de qué forma esa persona nos complementa o nos aporta algo? ¿Por qué pensamos solo en el beneficio? ¿Por qué no pensamos de qué manera podemos nosotros aportarle a esa persona? ¿Por qué somos tan egoístas?

Deberíamos aprender a dar, sin esperar ser premiados por ello. Deberíamos aprender a querernos a nosotros mismos, a mejorarnos, a crecer, por nuestra cuenta, en vez de pretender que alguien lo haga por nosotros. Porque tu valor ni aumenta ni disminuye porque le seas atractivx a los demás o no; sus opiniones son irrelevantes: lo importante es que estés a gusto tú. Porque no tener pareja no debería provocarnos pánico, y tampoco podemos vivir pensando que algún día llegará, porque da igual, porque más vale estar solo que mal acompañado, y no eres ninguna mitad que necesite ser completada. Deberíamos revalorizar las amistades, porque son las que merecen ser idealizadas. Porque las relaciones románticas no son siempre fuente de felicidad, ni curan todos los males. Porque si tu libertad y bienestar están siendo coartadas, eso no es amor. Este San Valentín, dejémonos de regalos, romanticismo y cursiladas, y probemos a repartir amor, a secas, de manera altruista, pues si hay algo que necesita el mundo desesperadamente, es más amor.


Isabel Chaves Pérez